Los garabateadores adultos

Para la inmensa mayoría de las personas el dibujo tiene como objeto la reproducción de las imágenes tanto del mundo exterior como del mundo imaginativo del sujeto. Sin embargo, las tendencias del arte del siglo XX —a partir del movimiento cubista— han consistido en un progresivo proceso de liquidación de las funciones representativas de la imagen gráfica y pictórica, y han planteado una nueva concepción de la obra de arte. A las tradicionales funciones representativas de las imágenes, a su función icónica, ha acabado por imponerse el sentido expresivo de las formas, los colores, la materia pictórica y hasta la propia acción implícita en el acto creativo (figs. 1 y 2). «En nuestra época —señala R. Arnheim— los llamados pintores de acción han puesto de relieve el carácter artístico del movimiento llevado a cabo mientras se hace la obra de arte, y probablemente no haya habido ningún artista para quien algunas de las propiedades expresivas del trazado y del movimiento corporal no contasen como de su enunciado» (R. Arnheim, 1979, pág. 196).

Así, los artistas americanos de la llamada action painting como J. Pollock (fig.1), F. Kline, W. de Kooning y los europeos de la Abstracción lírica primero, como Wols o H. Hartung, y los del Grupo Cobra, como A. Jorn, K. Appel, o los españoles A. Saura, R. Canogar y M. Millares después, comenzaron a principios de los 50 a practicar una pintura en la que el acto inmediato de pintar formaba parte del contenido mismo de la obra. De este modo la imagen, la forma y el rigor geométrico del arte concreto de los años 30, fueron reemplazados por el grafismo y el gesto, mecanismos creativos de sublimación del azar y de los impulsos irracionales y vitales.

En este mismo sentido la doctrina, más que las obras, del movimiento surrealista, fenómeno artístico paralelo al psicoanálisis, ya había puesto de relieve

Fig. 1. Jackson Pollock en 1948, practicando la action painting.

Fig. 2. Cy Twombly. 1961. Lápiz y pastel sobre papel.

el valor expresivo y estético del grafismo «automático» a través del cual se manifiestan las pulsiones más primitivas de la personalidad profunda. Este automatismo impregnó todo el Expresionismo Abstracto, llegando a alcanzar muchas de sus obras, como las del americano afincado en Roma Cy Twombly (fig. 2), además de una gran belleza, un misterio y una verdad tan profundos como los que se ocultan tras los grafismos espontáneos de los niños (Fig. 3). La obra pictórica de este artista contemporáneo representa, mejor que la de ningún otro, ese punto de encuentro del adulto creador y el niño pequeño.

Pero no hemos de perder de vista que, a pesar de las extraordinarias semejanzas de sus creaciones, el encuentro tiene lugar en un territorio nada común: el de la natural espontaneidad creadora del niño frente al de la intencionada voluntad de estilo del adulto. Los garabatos de los niños, al contrario que el gesto gráfico del adulto, que viene mediatizado siempre por la conciencia creadora, brotan «a borbotones» del interior de la misma manera que nace el agua del manantial o con la naturalidad con la que germina una semilla (fig. 3). Su espontaneidad e inmediatez nos van a proporcionar unos registros perdurables, testimonios de ese mundo interior del que emergen.

Y es a través de la actitud y de los intereses que se manifiestan en el niño que garabatea, de sus comentarios orales, de la relación entre esta actividad y

Fig. 3. Potentes trazados pendulares de un niño de 1;09 años. Los trazados brotan «a borbotones» del interior y se expanden por el papel en un acto de autoafirmación, exploración y ocupación del espacio.

otros comportamientos espontáneos, como podemos descubrir las profundas diferencias que señalamos entre las producciones de niños y adultos; de la significación del acto y de la huella en cada uno de los casos.