Pedrito estrena un jersey de lana

Embutido en un confortable jersey de lana que su madre acababa de hacerle, aquel día Pedrito fue al colegio más contento que de costumbre. Lo estrenaba orgulloso y esperaba impaciente el gratificante reconocimiento de sus compañeros. Era uno de esos gruesos y esponjosos jerseys que, de niños, nos hacían las madres y que estrenamos en alguna ocasión y cuya cálida sensación conservamos en la memoria.
Por entonces se estudiaba en clase a los mamíferos y, aquel día, la maestra propuso a los niños que dibujaran alguno cercano a ellos: el perro, el gato….
Pero, como cabía esperar, Pedrito no pudo sustraerse a su fantástica y reciente experiencia y, desentendiéndose del tema propuesto, dibujó un niño que estrenaba un jersey de lana (Fig.1). Empezó dibujando al niño con un simpático ideograma humano, cuyas facciones reflejaban la felicidad de aquel memorable momento. Luego trazó una compacta madeja de ensortijados garabatos que, acoplados al contorno del cuerpo, representaban la cálida y esponjosa textura de la lana (símbolo expresivo-sensitivo).
Finalmente trazó una amplia línea envolvente que, como prolongación de los brazos envolvían la figura y acoplaban la lana a su cuerpo expresando así la función envolvente del jersey.
He aquí un buen ejemplo de ese tipo de analogías funcionales de las que vengo hablando. Por surgir de parentescos cualitativos relativos a la naturaleza y la función del objeto representado –un jersey en este caso- estas analogías son anteriores y más significativas para el niño que las visuales ya que tienen su origen en las nociones y los efectos descubiertos por él en sus experiencias con las formas y el espacio.

Fig. 1. Pedro R. 4,03. “Un niño que estrena un jersey de lana

La casa, por ejemplo, antes que un objeto de percepción en el que se impone su fisonomía externa, es un espacio “funcional”, un ámbito cerrado y protector capaz albergar y contener al sujeto, como vimos en un dibujo anterior
Voy a servirme de dibujo del autocar de la fig.2 para tratar de aclarar en qué consisten estas analogías funcionales. Veamos.
A la hora de interpretar este ideograma, la primera pregunta que hemos de plantearnos es ¿qué es un autocar para un niño de 3 años? ¿acaso es lo mismo
que para un adulto? Para el niño pequeño, antes que nada, es un “contenedor”, un espacio cerrado, dotado de un volante, un conductor y unas ruedas, capaz de albergar a los niños para llevarlos todos los días al colegio.
Un contenedor no es otra cosa que un recipiente. Pues bien, la misma operación que realizó el niño al combinar las unidades y depositar unas dentro de otras convirtiendo a la mayor de ellas en el contenedor que las acoge en su interior, es la estrategia que utiliza ahora María R. para convertir una gran forma cerrada en un “autocar” con el conductor y los niños en su interior. Es, pues, la función de contener o albergar la que crea la analogía y es este tipo de parentesco el que da lugar a esa modalidad de analogías que he llamado “funcionales”.

Fig. 2 María R 3,07. Ideograma de “el autocar de mi colegio”

Para comprender la naturaleza de las analogías funcionales así como los recursos con los que el niño va a realizarlas, hemos de empezar considerando que el objeto, antes que un sujeto de percepción visual, es para él un sujeto de experiencia. En consecuencia, cuando el niño se dispone a representarlo, antes de considerarlo en términos visuales como acostumbra el adulto de nuestra cultura, lo considera en términos “funcionales” y esto entendido tanto en su vertiente semiológica (el significado de su dibujo) como en el de su representación gráfica . Es decir. Lo que el niño toma en consideración, lo que le interesa es, por un lado, su funcionalidad, ese conjunto de propiedades y cualidades que, en cuanto sujeto de sus experiencias, configura su imagen mental, su conocimiento y su noción del objeto y, por otro, aquellos recursos propios de la disciplina del dibujo que, procedentes de su experiencia con las formas y el espacio, le permiten representarlos.
En el dibujo de esta etapa, como en el juego simbólico en el que el objeto referente es seleccionado, no por su “parecido” con el objeto referenciado, sino por sus cualidades funcionales (la escoba que hace las veces del caballo, p. ej.) las imágenes no precisan tampoco de parecidos, sino que basta con esas propiedades funcionales características del objeto representado.
Si el nacimiento del símbolo gráfico —consecuencia de la aparición de las unidades en el ámbito formal y de la injerencia de la función semiótica en el intelectual— dio lugar, como ya vimos, al nacimiento de la conciencia y la disposición significadora, el descubrimiento de las primeras analogías funcionales dará lugar al nacimiento de la conciencia y la disposición representativa que se llevará a efecto a través de los ideogramas. De esta manera va a iniciarse el tránsito de la significación simbólica a la representación figurativa.

Antonio Machón