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Evolución

¿La cabeza o la totalidad del cuerpo?

Desde los comienzos de los estudios sobre el dibujo infantil se ha mantenido un amplio debate acerca del significado de la forma circular con la que el niño inicia su muñeco renacuajo. Algunos autores han creído ver en esta forma la representación exclusiva de la cabeza (en especial el rostro) considerando que el niño omite el tronco por considerar que aquella es la parte más significativa y con la que el niño establece, desde el principio, sus contactos sociales. K. Buhler considera que la visión frontal del rostro es la forma fundamental de la imagen humana y Florence Halpern señala: “Debido a la importancia que posee la cara en la vida del niño (…) no es extraño que los dibujos infantiles más precoces se concentren en la cabeza, la cara y en unas pocas cosas más” (en Hammer, E.F., 1969, pág. 83).

Otros autores (R. Arnheim, M-Dworetzki, Gridley, etc.) consideran que se trata de una forma global que representa al hombre entero, tesis con la que estoy enteramente de acuerdo siempre que, como ya he señalado, tengamos presente que, inicialmente, el círculo ni se inspira ni representa parte alguna del cuerpo, sino el Yo en su concepción más amplia y general.

El gracioso personaje de la fig. 1, parece dejar bien sentado que el óvalo global representa todo el cuerpo como ocurre también en los siete renacuajos de la fig. 3. La fig. 2 es un interesante dibujo realizado por un niño de 4,01 en el que conviven dos personajes estructuralmente bien diferentes. El primero (a) muestra cómo la forma circular se alarga con la clara intención de representar la totalidad del cuerpo y cómo la boca aparece en su parte inferior insinuando la separación de la zona del tronco. El segundo (b) muestra la cabeza y el tronco bien diferenciados, reafirmando con ello la integridad corporal del primero.

Fig 1. Cristina S. 3,08

Fig. 2. Eduardo. 4,01

Fig. 3 Luis 3,05. Grupo de renacuajos en
los que la forma circular se alarga para representar la totalidad del cuerpo.

Pero no siempre domina la gran redonda inicial. En ocasiones las piernas se alargan desmedidamente dando lugar a un tipo de personaje muy estilizado en el que domina la verticalidad, el atributo perceptualmente más relevante de la figura humana . He encontrado casos, mucho antes de la aparición del renacuajo, en los que un simple trazado vertical es interpretado por el niño como un hombre, un señor o un papá; pero, curiosamente, nunca como “un niño”, privilegio que, de acuerdo con mis investigaciones, parece reservado a la forma circular por ser, precisamente, la forma del YO primigenio.
El tronco aparece más tarde de formas muy diversas. Ya hemos visto cómo, con frecuencia, la forma circular se alarga formando un óvalo al tiempo que las facciones se desplazan a la parte superior insinuando la presencia de la cabeza y del abdomen en una sola unidad (fig. 3) y, otras veces, un trazado transversal, que puede hacer las veces de boca, divide el óvalo alargado quedando así insinuado el tronco (fig. 2a).
En ocasiones, el niño enfatiza la conciencia del tronco con unos trazados o pequeñas manchas que pueden representar la comida dentro del abdomen transparente; son indicadores hápticos que evidencian, antes la presencia de “la tripa” y su función digestiva, que el “tronco” como forma. Con frecuencia unos trazados de relleno situados dentro del óvalo alargado o de las piernas, pueden señalar tanto la presencia del tronco como alguna prenda de vestir.

Antonio Machón

¿A quién representa el niño en su dibujo?

¿Es el propio niño el motivo primordial de su representación? ¿Puede considerarse el renacuajo como una autorrepresentación? ¿A quién representa el niño en sus dibujos?
Fue el neurólogo austriaco-americano Ferdinand Schilder quien, en 1935, al tiempo que brindó las bases psicológicas y psicoanalíticas de la “imagen corporal” como autoconcepto de la persona, planteó la tesis de la proyección de imagen del propio cuerpo en el dibujo.
Karen Machover señaló en 1949, que cuando se pide a un individuo que dibuje a una persona, dado que las imágenes externas son demasiado variables en sus atributos corporales, este se ve forzado a abrevar en otras fuentes internas, produciéndose la identificación por medio de la proyección y la introyección: “…el Yo es el punto de partida más íntimo en cualquier actividad” , señala esta autora.
De todas estas teorías surgieron los test proyectivos gráficos de personalidad profusamente aplicados a partir de la segunda guerra mundial, aportando una nueva orientación que puede dar respuesta a nuestra pregunta.
E. Münsterbg en su “test de dibujo de la Figura Humana” solicita del niño el dibujo de “una persona” en la creencia de que esta consigna induce al sujeto a “mirar dentro de sí mismo” lo que, según sus palabras, convierte al dibujo en “un retrato de su ser interior”.

Fig. 1. Sara N. 3,11. “Mi prima Eva”

Mi experiencia me indica que el niño, cuando dibuja espontáneamente a un ser humano puede, tal como lo manifiesta en sus relatos, dibujarse a sí mismo, o a cualquier persona de su entorno (al hermanito, a la mamá, al papá, a la prima etc. fig.1). Sin embargo, dado que es imposible verificar si el niño se retrata inconscientemente a “sí mismo”, la pregunta no debe ser ¿a quién dibuja? “, sino ¿de donde extrae la información para realizar su dibujo? ¿donde se inspira?
Sin duda la respuesta a esta interesante pregunta nos la ofrece Juliette. Boutonier cuando dice:

“en el mismo niño. (.. ) porque su proyecto, su intuición gráfica es, en primer término, una expresión de su ser. Lo que sabe o lo que siente del ser humano es, en primer lugar, él mismo. Y esto es verdad aun cuando afirma que escoge un modelo que no es él” (El dibujo del niño normal y anormal, Buenos Aires. Paidós 1968, pág 25).

La autora plantea a continuación una observación que, si bien no tiene ningún carácter científico y escapa a toda verificación, expresa una sensación que personalmente he experimentado en múltiples ocasiones al contemplar los primeros dibujos humanos. Me estoy refiriendo a la identidad psicológica – y hasta física- que en ocasiones observo entre el “renacuajo” y su pequeño autor. En este sentido sigue diciendo Boutonier: “muchos trabajos prueban la relación existente entre el niño y el “hombrecito” que dibuja (…) en su dibujo de un ser humano el niño se proyecta a sí mismo y expresa la manera en que se siente vivir o, si osamos arriesgar una expresión más audaz, la manera en que se vive a sí mismo” ( Op. Cit. pág. 26).

Fig. 2 . Pachi, Toñín y María , tres niños de poco más de 3 años, muestran en estos simpáticos renacuajos su personalidad y su carácter

En los tres graciosos personajes de la fig. 2 resulta sorprendente observar la identidad de cada uno, su personalidad y su carácter que, sin la menor duda, reflejan las de sus pequeños autores. Pachi parece mostrar un gesto irónico y malicioso, mientras Toñin, más indefenso, parece tierno y conciliador. María, muy suya, parece ensimismada y poco fiable. Simples comentarios para enfatizar los notables parecidos de estos curiosos personajes con sus pequeños autores.

Antonio Machón

Los comienzos de la narración

Aunque inicialmente los ideogramas son imágenes aisladas que se distribuyen arbitrariamente por el papel sin presentar vínculos entre sí, hacia el final de la etapa (hacia los 4,02), cuando las imágenes han conquistado ya una mayor correlación configural con el objeto, comienzan a entablar sus primeras relaciones. En un primer momento estas relaciones se establecen entre dos o tres ideogramas que se unen formando una sencilla escena, como vemos en la fig. 1 en la que un niño de 4,02 años se representa a sí mismo en su casa tomando el desayuno antes de partir para el colegio. La casa aparece representada por medio de un gran óvalo envolvente (contención) al que le ha añadido una humeante chimenea. En la fig. 2, otro niño de 4,03 representa una escena de baño en la que, en un diminuto tamaño, aparece su madre bañando a su hermano mayor que, con cara complaciente, aparece dentro de la bañera. Unos dinámicos plumeados representan el chapoteo del agua. En ambas escenas la taza del desayuno y el jabón del baño aparecen representados por unas minúsculas tachaduras.

Fig .1. Federico S. 4,02. Representación ideográfica del niño tomando su desayuno en su casa

Fig. 2. Miguel M. 4,03. Su mamá está bañando a
su hermano que aparece feliz dentro de la bañera

Poco a poco van a ir aumentando el número de ideogramas en estas primeras escenas estableciéndose entonces las primeras correlaciones espaciales entre ellos y la creación de los primeros nexos, apareciendo las primeras escenas del dibujo infantil con las que el niño comienza a expresar los contenidos dinámicos de su pensamiento.

Fig. 3. Antonio M. 4,03. Papá, mamá y yo vamos de compras

En la fig. 3, otro niño de la misma edad, se dibuja a sí mismo de comparas con sus padres, y en la 4 , otro, también de 4,03, cuenta cómo dos amigos, que llegan de visita a su casa, toman café con su padre en la mesa del salón. A través del abdomen transparente de las figuras, nos muestra las partículas del café y de las pastas que acaban de tomar los invitados.

Siguiendo el curso natural de su desarrollo vemos cómo el niño llega, al final de esta etapa, a conquistar los recursos gráficos suficientes para expresar o contar todo lo que
desea, lo que da lugar a uno de los momentos más encantadores, expresivos y originales de todo el dibujo infantil.

De acuerdo con esto, la etapa ideográfica parece naturalmente abocada a un nuevo y prometedor periodo de explosión narrativa, hipótesis que contrasta con la descripción que hacen todos los estudiosos del periodo esquemático siguiente, en el que, contrariamente, van a predominar la rigidez, la yuxtaposición y el estatismo de las imágenes.

Fig. 4. Pablo M. 4,03. “Ricardo y su amiga toman café con papá en el salón de casa.

¿Qué explicación tiene entonces este extraño fenómeno que parece truncar expectativas tan prometedoras en el dibujo del niño?

Antonio Machón

El ideograma, una fórmula representativa enteramente original del niño.

El ideograma, por proceder de los recursos gráficos experimentados por el niño en su desarrollo formal y, en consecuencia, por formar parte del proceso gráfico natural es, como el símbolo gráfico, una fórmula representativa enteramente original del niño.

Su originalidad radica en que, antes de referirse a los parentescos visuales con la realidad que representa que son ajenos al desarrollo gráfico natural, nacen de las estrategias experimentadas en el proceso formal, por lo que constituyen una forma de representación natural y personalísima de cada individualidad infantil a la que las influencias exteriores le son aún ajenas (fig. 1). Por las mismas razones, estas estrategias representacionales que utiliza el niño para crear estas analogías cualitativas en su dibujo, constituyen, igualmente, verdaderos descubrimientos del niño con los que, sin alterar el curso natural de su desarrollo gráfico y simbólico, emprende los procesos gráfico-representativos. Tanto las analogías funcionales y estructurales o configurales, de las que depende la elaboración de los ideogramas, como las estrategias que le permiten realizarlas, constituyen una aplicación genuina del niño a los procesos representativos, revelándose como los cauces naturales, con los que inicia el niño el tránsito de la significación simbólica a la representación figurativa.

Fig. 1. Marta R. 4,05.”Un tractor en su garaje”. Ideograma formado por la combinación de unidades cerradas que se suceden dando lugar a esta imaginativa composición.

En consecuencias, la etapa ideográfica es la última del desarrollo gráfico infantil que pertenece por entero al curso natural del desarrollo y, como tal, responde y pone en evidencia los cauces por los que discurren los procesos gráfico-representativos infantiles.

En contraste con ese desarrollo natural, la excesiva presión del medio y la metodología escolar que, a través de las ilustraciones de libros, cuentos y, de muchas de sus famosas fichas (figs. 2), acaban ahogando estas manifestaciones Ideográficas del dibujo infantil, más naturales, inteligentes y expresivas.

Fig. 2 Ficha escolar para niños de 3 años de dudoso valor pedagógico y de indiscutible mal gusto, en la que se le pide que coloree de color rosa las bolas del collar

Al autor de este escrito le produce un efecto desolador pasar de la expresiva originalidad de los dibujos de los niños de estas edades (fig.1), a estas imágenes desagradables que los adultos y la escuela le ofrecen. Éste es el tributo que, por desconocimiento y falta de reflexión, tiene todavía que pagar el niño también el educador sensible- de nuestra cultura.

Quiero terminar estas reflexiones con los comentarios dos grandes psicólogos de la infancia en los que sus autores no parecen poder escapar a esa tradicional concepción visualista de la representación que vengo denunciando, una de cuyas consecuencias es esa actitud negativa ante el dibujo de los niños pequeños:

« Cuando el nombre de un objeto (el “monigote” , “la casa” ) tiende a introducir su imagen en el dibujo, el resultado es con frecuencia de una simplicidad engañosa. El trazado se reduce a una serie de esbozos sumarios, burdos, cuyo motivo a veces casi no resulta reconocible. No se trata de un análisis que seleccione los rasgos esenciales del objeto, sino por el contrario, de la impotencia en que se encuentra la atención, de distribuirse entre los datos de la percepción y de extraer de ellos otra cosa que efectos parciales, burdos, a menudo insignificantes. Ello se debe a una insuficiencia global de las vinculaciones forma-grafismo y forma-objeto. La lentitud de las reacciones correspondientes explica las deformidades del resultado, la omisión o confusión de las relaciones esenciales (H. Wallon y L. Lurçat, 1968, págs. 24-25). »

Antonio Machón

Las analogías perceptuales

Las analogías perceptuales

Al tiempo que descubre el niño las analogías funcionales, comienza a descubrir otras de naturaleza perceptual que, como ya he anticipado en otro lugar, pueden ser de dos clases:
Unas, que aparecen ya en esta etapa del ideograma, son aquellas que, antes que en la forma o fisonomía del objeto, se basan en la configuración o estructuración de sus elementos o partes y a las que he denominado Analogías estructurales o configurales. Si la casa, desde el punto de vista funcional es un simple contenedor como vimos en un dibujo anterior, desde el punto de vista configural es una estructura formada por una o varias estancias (las habitaciones) como muestran las figs. 1 y 2 .

Figs. 1 y 2. Borja. 4,06 y Pablo M. 3,06. “Una casa ” y “una casa con su puerta” Dos ideogramas de la casa representadas por su estructura en planta en los que aparecen las diversas estancias (las habitaciones)

Este tipo de analogías estructurales convierten al dibujo en equivalentes gráficos del objeto, lo que las convierten en las primeras protorrepresentaciones figurativas, como muestra la figura 3 en la que un niño de 3,03 nos muestra el ideograma de un avión en cuya sencilla configuración, formada por la adición de dos grandes unidades alargadas que se cruzan ortogonalmente, podemos ver la correcta disposición del fuselaje y las alas.

Fig. 3. Daniel, 3,03. Ideograma de un avión

Sin embargo estas analogías configurales son aún tan elementales que no siempre garantizan la interpretación de estos primeros dibujos representativos a los que llamamos ideogramas, y cuya excepción lo constituyen los ideogramas humanos –los “renacuajos”- que son fácilmente reconocibles.
De la confluencia de las analogías funcionales y las configurales, surgen estas primeras imágenes intencionalmente representativas que llamamos ideogramas.

Finalmente existen otro tipo de analogías de naturaleza perceptivo-visual, que tienen su fundamento en los parecidos de los contornos o siluetas que se dan entre el dibujo y el objeto y a las que he llamado Analogías morfológicas y que son las que, con el paso tiempo, van a dar lugar a la representación figurativa.

Figs. 4 y 5. Pablo, 3,08. Ejemplo de realismo fortuito basado en las analogías morfológicas: “Un pato en su patera”.

Aparecen en esta etapa del ideograma tras el encuentro casual de parecidos que el niño descubre entre algunos
de sus trazados y las imágenes de ciertos seres y objetos, y a las que les atribuye de inmediato sus nombres.
Un ejemplo de analogía morfológica nos la ofrece Pablo M. a los 3,08 años cuando, tras realizar la caprichosa forma cerrada de la fig. 4 y reconocer en ella una imagen figurativa, exclamó jubiloso: «¡Un pato!». Acto seguido, añadiendo un pequeño trazo en uno de sus extremos, observó: «Éste es el pico». Un punto colocado en el interior, cercano al trazo anterior, fue interpretado como «el ojo del pato». Finalmente, tras realizar un trazado circular envolvente concluyó: «Es un pato metidito en su patera.» (analogía funcional), (fig. 5).
A pesar de todo, la modalidad representativa ideográfica dista mucho aún de la representación figurativa. El tránsito de la una a la otra, constituye un proceso lento y complejo consistente en el dominio de las analogías perceptuales, proceso que se va a efectuar poco a poco a medida que va teniendo lugar un mayor desarrollo cognitivo y una mayor participación de los procesos visuales en el dibujo, lo que va a posibilitar el reconocimiento e interpretación unívoca de la imagen que, perdiendo su competencia ideográfica, acabará asumiendo la doble función de significante y significado propia de la imagen figurativa.

Antonio Machón

Las analogías

Las Figs 1 y 2 son dos ideogramas de dos niños de 3 años y medio. Ambos están formados por la combinación de las dos unidades primarias (círculos y rectas). A primera vista resulta difícil su interpretación ya que apenas presentan parecidos (analogías) con sus posibles significados.
Del primero, del que desconocemos la interpretación del su autor, sólo creemos reconocer un figura humana entre dos grandes y enigmáticas configuraciones circulares. Del segundo sabemos, por la interpretación del niño, que se trata de un tren. Convincente imagen ésta, en la que el autor hace un uso “magistral” de sus escasos recursos gráficos para expresar la idea de un tren en marcha: mediante una larga cadena de unidades cerradas, de cuya redondez se vale para representar, al tiempo, los vagones y las ruedas del convoy y con la vertiginosa sucesión de las formas y su serpenteante estructura, consigue el niño transmitir al conjunto una eficaz, sensación de velocidad, sensación que aparece reforzada por el humo que despide la locomotora.
Pero como vemos en estos dos ejemplos, las analogías que el niño establece entre sus ideogramas y el objeto que representan son, en ocasiones, tan sutiles y subjetivas, que pocas veces permiten a cualquier observador reconocer su significado.

Figs. 1 y 2. Ideogramas de dos Niños de 3,5 y 3,6 años

Debemos de empezar preguntándonos, pues, en qué consisten esas analogías, esos enigmáticos parecidos que el niño crea en su dibujo que, por lo general, escapan al reconocimiento adulto que, acostumbrado a no ver más que semejanzas de naturaleza perceptual (perceptos visuales), en ocasiones se queda perplejo ante los comentarios del niño.

Empezaré señalando que las analo¬gías entre dibujo y objeto, como acabamos de ver en estas figuras, no siempre son de naturaleza visual y, cuando lo son, la semejanza es tan elemental y somera que pocas veces llega a garantizar al observador una interpretación unívoca del dibujo. Al analizar detenidamente los ideogramas observamos en ellos la existencia de dos modalidades de analogías de naturaleza bien distinta:

Unas que, al parecer, no han sido advertidas en estudios anteriores, en las que los nexos entre el dibujo y el objeto se establecen a partir de parentescos de naturaleza funcional; semejanzas que el niño descubre entre las operaciones que ha realizado en su dibujo (envolver y contener, fragmentar y dividir, dinamizar y vitalizar, etc.) y la funcionalidad, tanto material como psicológica, que el propio

Fig. 3 Fernando D. 3,07. “Un niño en su casita”

objeto reviste para el niño. Así, la operación gráfica de envolver puede ser utilizada por el niño para expresar, tanto el sentimiento protector del afecto materno como la seguridad que proporciona al niño el espacio cerrado de la casa o la función cálida y envolvente de una prenda de vestir (un abrigo, un jersey). A esta primera modalidad de analogías cualitativas de «rol» o «de papel» las he denominado Analogías funcionales (Machón, A. op. cit, pág. 270). El dibujo de la fig. 3, es un buen ejemplo de cómo la acción de envolver y el efecto de contener son asociados a la función envolvente y protectora que la casa, (el hogar), desempeña tanto física como afectivamente para el niño:

La segunda modalidad de analogías que quiero señalar son aquellas, más estudiadas, que surgen de los parentescos de naturaleza visual entre los trazados y los objetos y a las que vamos a denominar Analogías perceptuales.

Pero dentro de este segundo grupo encontramos, además, dos tipos bien distintos: aquellas en las que las semejanzas se establecen a partir de la configuración y la estructura del dibujo y su parecido con la configuración y la estructura del objeto, a las que vamos a llamar Analogías estructurales o configurales, y aquellas otras, más estudiadas aún, cuyas semejanzas se deben a parentescos formales de contorno o silueta, a las que vamos a denominar Analogías morfológica

Antonio Machón

Los comienzos de la representación figurativa: Los ideogramas

En su acepción más general, el término “ideograma” se aplica a las  imágenes gráficas que representan ideas. Dentro de la historia de la escritura hay una etapa o modalidad llamada «escritura ideográfica» utilizada por algunas de las primeras civilizaciones orientales (sumeria, egipcia,  china, etc.) y por algunas culturas primitivas hasta épocas recientes y que es el precedente remoto de la escritura actual. En los estudios del dibujo infantil, el término “ideograma” se utiliza con acepciones diferentes.

Algunos autores  (Wallon, Lurçat, etc.) lo han empleado para  destacar la naturaleza mental de los dibujos de los niños de estas edades.Personalmente, a falta de otro término mejor,  lo vengo utilizando con el propósito de señalar, de una parte, su función “representacional” -frente a la “significadora” de los símbolos- así cómo su procedencia de  analogías de naturaleza funcional y  configural y su condición simbólica y polisémica (que pueden tener múltiples significados), en contraste con los llamados “preesquemas”, imágenes figurativas del siguiente periodo.Llamaremos ideogramas a las primeras imágenes intencionalmente representativas realizadas por el niño (entre los 3,09 y los 4,03 años) formadas por la combinación de dos o más unidades y que apenas presentan parecidos con los objetos a los que representan, ocupando el lugar intermedio entre las imágenes abstractas de los símbolos (las unidades) y las figurativas de los preesquemas que son ya iconogramas y que aparecerán en el siguiente período  Los dibujos de las  figs. 1 y 2, realizados por una niña y un niño, cuyas edades distan 14 meses entre sí,  representan dos autocares.

Fig 1. María R 3,07. Ideograma difícil de interpretar, formado por la combinación  de varias unidades básicas. Su autora interpretó como  “el  autocar del colegio que se ha estropeado”..

Fig. 2. José T. 4,10. Preesquema,  Iconograma  de un autocar.  cuyos detalles ( la antena, el volante, los focos delanteros y trazaros, las ventanas y las puertas con sus manecillas),  le hacen  fácilmente reconocible

El primero es un ideograma formado por la combinación de las dos unidades básicas (el círculo y el segmento): una gran forma cerrada representa el habitáculo y dos círculos en su base, las ruedas. En su interior aparecen varias formas circulares que representan los niños que van al colegio. El segundo es ya un preesquema, es decir, un iconograma,  cuyo significado no ofrece la menor duda ya que en él aparecen todos sus elementos más característicos: la antena, los focos delanteros y traseros, las ventanillas, el volante, las puertas con sus manillas etc.

Figs. 3. Borja. 4 años. Ideograma humano

El ideograma representa pues, la noción o idea que el niño tiene del objeto a partir de su función como tal objeto y su imagen, a medio camino entre el símbolo y el iconograma, entre la abstracción y la figuración, está relacionada con el objeto por analogías cualitativas  de naturaleza funcional y/o por  elementales parecidos de naturaleza estructural o configural. A excepción del ideograma humano —el llamado «renacuajo»— que en la mayoría de los casos se reconoce por sí mismo como tal representación (Fig. 3), el resto de los ideogramas son  difíciles de reconocer e interpretar pues apenas presentan parecidos con el objeto al que representan. A pesar de que no hay duda de que las imágenes que muestra la fig. 4 han sido realizadas con la intención de representar seres y objetos, sus significados sólo podemos conocerlos a partir de las explicaciones de  la niña autora del dibujo: Un señor (1), una botella con un globo dentro (2), una gallina dentro de un castillo (3), un gato (4), un pez, etc.

Fig. 4 Verónica S. 4,08. Lámina llena de idogramas que la niña explica de este modo: 1 un señor, 2 una botella con un globo dentro, 3 Una gallina dentro de un castillo, 4 un gato, 5, un pez, etc.

Para poder reconocer e interpretar los ideogramas  es preciso conocer los contenidos del pensamiento del niño, sus intenciones e intereses, procurar asistir al proceso de la realización del dibujo y atender a  sus explicaciones. Como vemos en estos dibujos, los ideogramas son imágenes formadas por la combinación de dos o más unidades que, cumpliendo aún la función de símbolos  (referentes de las partes del objeto), forman un conjunto unitario, una nueva totalidad representativa más compleja. Estas unidades, que pasan a ser sub-unidades de la nueva totalidad, están vinculadas entre sí por relaciones espaciales de naturaleza topológica (contención e inclusión, proximidad, simetría, proporcionalidad, etc.). Sin embargo, cada ideograma constituye una unidad en sí misma, aislada del resto, no manteniendo relación alguna con los otros ideogramas.Los ideogramas, pueden considerarse como las primeras imágenes representativas de todo el desarrollo gráfico infantil, ocupando ese lugar intermedio entre la significación simbólica de la etapa de las unidades, y la representación figurativa del periodo siguiente. Señalan, además, los comienzos de la elaboración del Vocabulario gráfico infantil, conjunto de términos adecuados para nombrar gráficamente a los seres y objetos, es decir, para representarlos.

 

Antonio Machón

Principio de dinamización y vitalización

Debido al dominio de la acción, el dinamismo ha sido la característica natural de todo el período del garabateo. No obstante en el Periodo de la forma, el dibujo del niño sigue presentando, en su conjunto, una apariencia dinámica muy distante de la rigidez y el hieratismo propio de las unidades formales y de las combinaciones. En un primer momento, este dinamismo se manifiesta a través de los garabatos que, resistiéndose a desaparecer del dibujo, con frecuencia se superponen y entremezclan con las formas dotando al conjunto, de una apariencia dinámica de acción y movimiento (fig.1).

Figs. 1 Lucía, 3,04. Los garabatos se superponen a las formas y combinaciones y provocan una sensación de energía y dinamismo.

Otras veces vemos cómo, tras realizar algunas combinaciones de círculos y segmentos que dan lugar a configuraciones flageladas de naturaleza solar, como muestra el dibujo de la fig. 2, cuando un grupo de violentas tachaduras pendulares irrumpen en el dibujo dotándole de una gran agresividad y dinamismo.

Parecen entonces debatirse en el dibujo del niño dos tendencias antagónicas: por un lado, una inicial que se esfuerza en afirmar esa noción de forma que dota a los trazados de un cierto estatismo y una cierta rigidez; por otro, otra contraria que, superponiéndose a la primera, parece decidida a imprimir dinamismo y vitalidad a las formas y los espacios. Da la impresión de que el niño, resistiéndose a la quietud y al estatismo, buscara dotar a su dibujo de movimiento y de vida. No hay duda de que la injerencia y la perseverancia de los garabatos y su superposición a las formas geométricas vienen, en muchos casos, motivadas por una intencionalidad dinamizadora. Para Arnheim, «el movimiento posee una importancia tan crucial para el niño, que le produce sumo placer hacer que las cosas se muevan visiblemente en sus dibujos» (R. Arnheim, 1979, pág. 213).

Pero, frente a este dinamismo «en acto» que va desapareciendo a medida que desaparece el garabateo, aparece una nueva forma de dinamismo que no depende ya, o al menos no sólo, del movimiento propio de la acción de trazar que caracteriza al garabateo. El nuevo dinamismo al que ahora me refiero nace de la misma unión o combinación de las unidades entre sí, combinación que las impregna de acción dinamismo y de vida propia.

Fig. 2. María S. 3,05. Fuertes tachaduras pendulares y otros garabatos se superponen a configuraciones radiales de naturaleza solar imprimiendo al conjunto un aspecto dinámico y caótico

La fig. 3 es un extraordinario ejemplo de cuanto digo. Una unidad celular flagelada del tipo solar, agitando sus seudópodos en un medio fluido, parece perseguir a otra
unidad circular más simple, con el aparente propósito de fagocitarla.

Fig. 3. Marina S. 3,06. Configuración celular que agitando sus tentáculos parece perseguir a otra unidad más pequeña.

Diríase que se ha operado una suerte de transferencia del dinamismo presentacional de la acción motriz de garabatear a otro representacional que nace de la combinacion de las unidades.

A la vista de estos importantes hechos, podríamos decir que los vínculos que se establecen entre las unidades parecen venir determinados por dos tipos de leyes o principios: unos de naturaleza formal derivados del principio general del orden que gobierna todo el desarrollo gráfico, otros de naturaleza psicobiológica que, oponiéndose y reaccionando contra la regularidad y el estatismo, imprimen dinamismo y vida a las nuevas configuraciones. Estas leyes biológicas de la vida, como si de una proyección de la energía biopsíquica del sujeto se tratara, dinamizan y vivifican a las nuevas configuraciones y las dotan de tal expresividad que las convierten en configuraciones vivas portadoras de energía.

La fig. 4 es una de estas sorprendentes imágenes que, como afloraciones del sustrato biológico y ajenas a las intenciones infantiles, surgen espontáneamente de su fondo inconsciente.
Este principio de vida, que el sujeto proyecta en las configuraciones de su dibujo, es transferido semánticamente a todos estos protoesquemas, a los que, además de «soles», les otorga otros nombres como «arañas», «cucarachas», «abejorros», «cangrejos de mar», seres vivos que el niño cree reconocer en su dibujo.

Fig. 4. Pedro, 3,07. “Arañas”. Sorprendentes imágenes procedentes del fondo inconsciente en las que como proyección de la energía biopsíquica del sujeto, se manifiestan las leyes biológicas de la vida.

Pero no se trata, en origen, de representaciones figurativas tempranas, como aseguran Prudomeau, Meili-Dworestki y otros muchos autores , sino de la interpretación a posteriori de unas imágenes internas que, procedentes del fondo inconsciente, reciben del niño esos nombres debido a su semejanza estructural con estos seres vivos. El mejor ejemplo lo encontramos en esa configuración tan recurrente en estas edades que el niño, por imitación del prototipo adulto, etiqueta con el nombre de «sol»; imagen que, desde mi punto de vista, lejos de representar al astro, no es otra cosa que la unidad formal primordial, el círculo, un Yo dinamizado y vivificado (fig. 5)

Fig. 5. Cristina F. 3,03. “ Un sol”
Antonio Machón

La combinación de las unidades y las operaciones formales

Cercano el final del cuarto año (hacia los 3,09), decidido el niño a imprimir un nuevo rumbo a su actividad gráfica, comienza a realizar un conjunto de nuevas acciones consistentes, fundamentalmente, en combinar las unidades entre sí, lo que va a dar lugar a configuraciones cada vez más complejas. Una configuración es una “totalidad” formada por la unión de dos o más unidades que al juntarse o al ordenarse secuencialmente en el espacio, dan lugar a unas nuevas imágenes en las que, tanto el espacio interior como el exterior a ellas (espacio intrafigural o extrafigural), cobra un protagonismo inédito hasta ahora.

Debido, por un lado, a la presión del adulto que exige al pequeño una explicación de su dibujo y, por otro, al descubrimiento del niño de sencillas analogías con algunos seres y objetos, comienzan a otorgarles nombres.

Fig 1. Pablo M. 3,09. “Es un nido con huevecitos”. Combinaciones de una gran unidad cerrada de naturaleza circular con otras más pequeñas que dan lugar a la operación de la inclusión y al efecto de la contención.

Fig. 2. Vanesa P. 3,05. Combinaciones de formas cerradas con segmentos lineales. Debido a su elemental parecido con algunos seres y objetos la niña interpreta como “niños, árboles y globos”

En la Fig.1, Pablo M. combina una gran unidad cerrada de naturaleza circular con otras más pequeñas que se alojan dentro de ella dando lugar a la operación de la inclusión y al efecto de la contención, que interpreta como “un nido con huevecitos”. En la Fig. 2, Vanesa P. combina formas circulares con segmentos lineales que dan lugar a sencillas configuraciones que, la niña interpreta como “ niños, árboles y globos”.

Estas nuevas experiencias gráficas vienen a ser una réplica de aquellas otras que, algún tiempo atrás, realizara el niño con los objetos en el espacio real en sus juegos cuando, incansable, pasaba largos ratos depositando y extrayendo pequeños objetos (monedas, botones, canicas etc.) de botes, cajas y otros recipientes “contenedores” (Fig. 3) o, construyendo pequeñas torres con cubos o tacos de madera , o colocando en hilera su colección de piedrecitas, y otros pequeños objetos, creando secuencias espaciales con ellos.

Fig. 3 Pablo M. A los 2,02, incansable, deposita y extrae pequeños objetos de cajas y otros recipientes

Todos aquellos ejercicios de juego con los objetos se repiten un año más tarde en el dibujo, convirtiéndose las unidades gráficas en sus equivalentes.
Las acciones que realiza Vanesa al combinar círculos y segmentos (fig. 2) o Pablo al colocar unas formas circulares dentro de otra mayor, como las que realizó un año antes con los objetos en sus juegos (fig. 3), no son sólo acciones de
naturaleza formal o “estética” como afirman R. Kellog y otros autores, sino que se trata de verdaderas operaciones de naturaleza cognoscitiva que ponen al niño en disposición de descubrir y experimentar intuitivamente con los principios científicos en su nivel más elemental. Así, Pablo anticipa con su dibujo la teoría matemática de los conjuntos y experimenta con nociones espaciales de naturaleza topológica como la “inclusión” o la “contención”, las de dentro-fuera, dimensión y cantidad (grande-pequeño, uno-varios, muchos-pocos) etc. etc.

He acuñado el término operación para poner el énfasis en la naturaleza cognoscitiva de todas estas acciones así como su dimensión psicológica e intelectual; experiencias infantiles más complejas, amplias y profundas que las de la simple “combinación estética” o del simple pasatiempo como, con frecuencia, lo consideran la familia y la escuela.

Las combinaciones y las operaciones que conllevan, así como las nociones derivadas de ellas, revisten una importancia decisiva en el desarrollo gráfico del niño y tienen una importancia capital ya que nace de ellas una semiosis gráfica que, a través de un conjunto de estrategias, van a propiciar, antes de cumplir los 4 años, otro de los grandes descubrimientos del niño: los ideogramas, primeras imágenes representativas del dibujo infantil.

Antonio Machón

La expresión de los sentimientos y las emociones

Si las Unidades formales representan al objeto o sus partes (símbolos cognitivos) los garabatos, debido a la pulsionalidad de su trazado, son los referentes gráficos de los estados afectivos y/o emocionales, pasando a ser, de este modo, verdaderos símbolos gráficos expresivos con los que el niño va a expresar sus sentimientos y emociones.

En efecto, las cualidades expresivas más primitivas de los trazados tienen su origen en la acción dinámica del acto de trazar a través del cual exterioriza el niño las pulsiones instintivas más primarias. El dinamismo gestual y la impulsividad de la acción implícita en él, pasa a convertirse en referente expresivo, en símbolo gráfico afectivo capaz de significar los estados emocionales infantiles. En un dibujo anterior vimos cómo una pequeña y agresiva tachadura, expresó la maldad y la repulsa de un niño de 3,04 por el “lobo malo que se come al niño”.

Fig.1. Pablo M. 3,06. “Es Gerardo que tiene las uñas muy sucias”

El dibujo de las fig. 1, además de ser un buen ejemplo de las representaciones disgregadas ya comentadas, nos muestra también la expresividad de unas pequeñas tachaduras que representan “la suciedad” (símbolo gráfico sensitivo) al tiempo que expresan el sentimiento de repulsa del niño hacia ella (símbolo afectivo).

El tractor seguía aparcado a la puerta de casa. Pablo observaba atentamente cómo el tractorista, tratando de resolver algún problema del motor, manipulaba en sus mecanismos. De inmediato anunció su deseo de dibujar a Gerardo (el tractorista) y comenzó su dibujo realizando un gran óvalo que representaba una mano, en cuyo vértice inferior realizó unas pequeñas y agudas tachaduras al tiempo que observó: «Gerardo tiene las uñas muy sucias». Otra segunda forma, a la derecha de la anterior, terminó con otras tachaduras semejantes: «tiene las uñas muy sucias», replicó. Trazó luego tres formas cerradas para los ojos y la boca y, finalmente, dos largas líneas verticales para las piernas, que terminan en dos pequeñas tachaduras en su extremo inferior que, a modo de calzado, señalan su apoyo sobre el suelo (símbolo sensitivo).

Pero sabemos que cuanto más intensa es la experiencia tanto más efectiva es la expresión.

Fig.2. Ana B. 3,07. Las cucarachas salen por el rodapié e invaden la habitación de la niña que no logra conciliar el sueño. Una muy grande parece asustarla representándose con los ojos desorbitados y las manos crispadas de pavor.

En una de mis visitas a una escuela infantil de la periferia de una ciudad castellana que realicé por los años 70, una niña de poco más de tres años y medio me sorprendió con el extraordinario dibujo de la Fig. 2. Interesado por ella, la maestra me informó de que era una niña muy distraída y perezosa que, desde hacía algún tiempo parecía ausente en las clases llegando, incluso, a dormirse en varias ocasiones.

Nada más lejos de la personalidad de la niña. A través de su dibujo y de la breve entrevista que mantuve con ella descubrí que tenía un serio problema. La pequeña padecía pavores nocturnos que la impedían conciliar el sueño, provocados, como puso en evidencia en su dibujo, por la presencia nocturna de algunas cucarachas que salían de una grieta del rodapié de su habitación. El bicho aparece representado por una poderosa configuración celular de tipo rectangular que la niña tacha con unos violentos y agresivos trazados que expresan su repulsa y su rechazo por este bichito negro y desagradable. (símbolo afectivo). En el ángulo inferior izquierdo unas intensas manchas negras representan la grieta por la que salen las cucarachas. La crispación de las manos de la niña y sus desorbitados ojos ponen de manifiesto el pavor que le producen la presencia de los desagradables insectos que le impiden conciliar el sueño.

En este expresivo dibujo, realizado ya al final de esta etapa del símbolo gráfico, vemos cómo una fuerte experiencia emocional puede acelerar el desarrollo gráfico y cognitivo de la niña que realiza un dibujo muy superior a los de su edad. Y es que, como señalaron Piaget e Inhelder ” la afectividad constituye la energética de las conductas” (1969,pág. 116) y las fuertes experiencias emocionales pueden, como en este caso, acelerar el desarrollo.

Antonio Machón