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Por qué dibujan los niños

¿Son los niños artistas?

La consideración del niño como artista aparece desde el comienzo de los estudios del dibujo, convirtiéndose en un mito a principios del S. XX. Entonces se inicia un interminable debate que continúa vivo en nuestros días.

En 1881 Ruskin se refiere ya al arte de los niños en su The elements of darwing. Cinco años más tarde C. Ricci utiliza esta misma terminología en el título de su libro L´arte dei bambini a pesar de que , en sus conclusiones finales, deja claro su criterio cuando señala que los niños desconocen el verdadero arte y que el sentido de la belleza y la creación artística no aparece hasta la adolescencia.
El psicólogo inglés James Sully fue otro de los primeros en referirse al niño como artista, al titular The child as artist el noveno capítulo su de su famoso libro Studies of childhood (Estudios sobre la infancia) de 1895. Un año más tarde la Sociedad Docente para el Fomento de la Formación Artística de Hamburgo toma la expresión de Sully para titular, de igual modo, una exposición de dibujo infantil que esta institución celebró en la capital centroeuropea.

También el artista vienés Frank Cicek, propagador de la expresión libre de los niños y creador de la primera escuela-taller de arte infantil, defendió la naturaleza artística de las creaciones infantiles llegando a incluir algunos trabajos de sus alumnos en la exposición que los artistas del grupo Secesión, con el que mantenía una cercana relación, celebraron en Viena en 1908.

El profesor de arte alemán Gustav Kolb señalaba en 1926, que el mito de “el niño como artista” que había dominado el cambio de siglo, había perdido ya su aura. “ Aunque el niño sea a menudo artista, no es un artista. Su talento le domina y él no domina al talento” decía en 1951 el novelista francés A. Malraux.

A pesar de todo, el mito siguió creciendo en el mundo del arte y se propagó entre los pintores de las vanguardias históricas, como Kandinsky, Klee, o Miró que vieron en las creaciones infantiles las fuentes del arte y una solución a la espontaneidad y la libertad anheladas.
Para la mayoría de las personas, la capacidad artística es la consecuencia del “talento artístico”, un don natural que sólo poseen algunos elegidos. Este criterio fue compartido por C. Meier (Universidad de Iowa) que, en la década de 1930, estudió las aptitudes artísticas del sujeto llegando a identificar seis factores característicos de esta especial capacidad, tres de los cuales dependen de la herencia y los otros tres de la educación.

Algunos psicólogos cognitivistas (Gardner, Winner, Wolf, Phelps, y otros) se han esforzado en señalar las semejanzas y diferencias entre el llamado “arte infantil” y el adulto. Uno de los autores que más atención han prestado al estudio de la naturaleza artística del dibujo infantil, ha sido el psicólogo norteamericano Howard Gardner. En su libro Garabatos Artísticos señala que las afinidades entre las creaciones infantiles y las de los artistas son “serias y no triviales” y “se podría sostener- dice- que las obras de los niños pequeños son tan artísticas, tan imaginativas o tan características como las realizadas por individuos adultos” (1994, pág. 46).

Pero si hay un autor que ha defiendido la idea del niño como artista, esa es la americana Rodha Kellogg. En su libro Analyzing Children´s Art, insiste una y otra vez en la naturaleza “artística” de los dibujos de los niños con afirmaciones tan sorprendentes como esta: “La forma mandaloide de las primeras figuras humanas es una señal de la naturaleza artística del niño” (pág. 77) y sus imágenes son antes estéticas que representacionales. Esta autora llega, incluso, a identificar el placer estético que le producen los dibujos de los niños con el de las obras maestras del arte adulto: “Mis propios sentimientos me animan a creer que los trabajos de los niños son una fuente de placer artístico análogo al de los adultos” (pág. 53). Tal vez esta autora, como ella misma señala, haya visto “millones” de dibujos de niños, pero, a juzgar por estas afirmaciones, apenas ha dedicado algún tiempo a conocer o contemplar las obras maestras del arte.

Aunque no hay duda de que el dibujo del niño posee la “gracia” y la expresividad que emana de la pureza natural, carece de la libertad que proporcionan los medios técnicos y la voluptuosidad que nace de la experiencia con lo real. La creación artística implica una conciencia y una “voluntad de estilo” que son propias de la mente adulta, a las que no puede acceder la mente infantil. Si comparamos detenidamente las imágenes de las figs. 1 y 2. que tratan de la representación humana, pertenecientes a una niña de 4 años y al pintor danés Asger Jorn, el dibujo de la niña, aun siendo muy expresivo y poseer la gracia de lo natural y espontáneo, debido la pobreza de sus recursos técnicos, no resiste la comparación con la magistral obra de Jorn.

Fig 1. Beatriz D. 4,03. “Mis hermanos” Las letras parecen un Intento de firma de la niña.

Fig. 2. Asger Jorn. Denh Hellige Have. 1964. Óleo sobre lienzo. 68 x 90cm.

El dibujo de la niña resulta pobre e inmaduro al lado de la obra del danés que hace gala de unos recursos técnicos sorprendentes al servicio de una voluntad expresiva difícilmente superable. La fuerza de la gestualidad y de los empastes de la materia pictórica y su bellísimo colorido, hacen de esta pequeña pintura una verdadera obra maestra del arte del siglo XX.

En mi dilatada convivencia con los artistas contemporáneos he constatado que, por lo general, éstos no comparten la idea del niño artista. En un breve y encendido escrito del pintor español Antonio Saura en el que exalta la belleza y expresividad de los dibujos de los niños, y con cuyas reflexiones coincido plenamente, concluye señalando que estos pertenecen a un ámbito expresivo que “poco tiene que ver con aquello que entendemos verdaderamente por arte”.

Antonio Machón

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1. Ruskin, J. The elements of darwing. Smit, Edler and Co. Londrres 1857
2. Ricci, C. El arte de los niños. Editorial Fíbulas. Madrid, 2000….
3. Gardner, H, Garabatos Artísticos. El significado de los dibujos de los niños. Editorial Fíbulas. Madrid 2017
4. Infancia del arte Diputación de Teruel, 1999, pág. 111.

No debemos enseñar a dibujar al niño.

En los primeros años, la autoexpresión por medio del dibujo responde a la necesidad innata del niño de buscar su identidad psico-física y de expresar sus emociones por medio de la experimentación con los grafismos, las formas y el espacio.
Con frecuencia el adulto y la escuela, con el objeto de llegar lo antes posible a conquistar la representación figurativa, se empeñan en “enseñar” a dibujar al niño en el momento que éste se inicia en el garabateo, empleando para ello fórmulas ajenas a sus intereses evolutivos y expresivos.
Esto es lo que se desprende de los comentarios de estos dos conocidos psicólogos de la infancia, quienes, tras utilizar el “contorneado de un objeto” colocándolo sobre la hoja de papel como método de iniciación al dibujo dicen:

“Le enseñé a Ira (tres años) cómo dibujar una plancha de juguete: la pongo sobre el papel y la contorneo con lápiz. Después retiro la plancha y, señalando el dibujo, le pregunto a la niña qué es. Ira responde “una plancha”. (…) Le propongo que dibuje una similar. Acepta con alegría. Yo mantengo la plancha inmóvil sobre el papel, pues cuando trata de hacerlo ella misma, la plancha se pone a “viajar” y el dibujo obtenido no se parece nada”

A pesar del fracaso que señalan en estos comentarios, sus autores siguen insistiendo en su errado procedimiento, intentando que la niña dibuje una caja de cerillas, un cubo, unos botones, y un plato colocado boca abajo sobre el papel. Tras fracasar en estos nuevos intentos, los autores siguen insistiendo en su error proponiendo a la niña que dibuje una pelota contorneando con el lápiz su periferia. El resultado es otro fracaso semejante a los anteriores: “La verdad es que la madeja de hilo de la pelota (fig. 2) es casi una obra de arte en comparación con los dibujos en zig-zag (fig. 1) que había hecho antes” comentan. (ibd.).

Fig. 1. Íñigo L., 3,04. Garabatos pendulares semejantes a los que realiza de Ira cuando su maestra le pide que dibuje una plancha .

Fig 2. Angeles. 2,02. Garabatos circulares semejantes a la “madeja de hilos” que dibuja Ira al tratar de dibujar una pelota.

Estos psicólogos se están empeñando en enseñar a la niña algo para lo que no está evolutivamente madura. Así, al describir los “dibujos en zig-zag” que realiza la niña en la primera de las pruebas o aquellos otros que, semejantes a una “madeja de hilo”, realiza luego y que, irónicamente los profesores consideran “casi como una obra de arte” están, sin saberlo, describiendo los trazados que corresponden al nivel evolutivo de la niña: sus garabatos pendulares fig. 1 y circulares fig. 2.

Con estas metodologías lejos de “enseñar a dibujar” al niño, lo único que consiguen estos educadores es alterar y/o paralizar el curso de sus procesos cognitivos naturales, y sus comentarios no hacen otra cosa que poner en evidencia, además de su incompetencia educativa en este ámbito, su ignorancia acerca de los procesos del desarrollo gráfico del niño. Sin duda ignoran que, para el niño de estas edades, los objetos, antes que sujetos de percepción visual, son objetos de experiencia y que, cuando el niño esté en condiciones de emprender su representación gráfica lo que no ocurrirá hasta un año más tarde (a partir de los 4 años)- no podrá tomar en consideración otras propiedades que aquellas que forman parte de su bagaje, tanto cognitivo respecto de ese objeto, como gráfico respecto de su representación por medio del dibujo.

En consecuencia, cuando se disponga el niño a representar al objeto, una plancha, por ej. antes de considerarlo en términos visuales como parecen pretender estos educadores y acostumbra el adulto de nuestra cultura, lo considera en términos funcionales y esto entendido tanto en su vertiente semiológica (el significado de su dibujo) como en la de su realización gráfica (los recursos de que dispone para representarlo sobre el papel).

Pobrecitos los escolares que caigan en manos de los educadores que consideran que el único objeto del dibujo es la reproducción fiel del modelo y, mediante el uso de una metodología orientada al logro de este propósito, alteran el curso natural del desarrollo y acaban con la creatividad del niño.

Antonio Machón

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1. Vénguer, L y A. Actividades inteligentes. Jugar en casa con nuestros hijos en edad preescolar. Visor Distribuciones S. A.. Madrid 1993, (pág. 117)

Descubrimiento del arte infantil

Una vez agotados los recursos creativos derivados de los postulados renacentistas, los artistas e intelectuales europeos comenzaron, a finales del siglo XIX, a buscar nuevas fuentes de inspiración más directas y espontáneas. Esta búsqueda condujo al descubrimiento de las antiguas culturas (la etrusca, la egipcia, la ibérica), consideradas hasta entonces como arcaicas y primitivas, o aquellas otras manifestaciones artísticas que, como el arte africano y oceánico o el mismo arte popular, habían sido tachadas hasta entonces de incultas o salvajes.

Un precedente de esta nueva actitud podemos encontrarla, en el ámbito de las artes plásticas, en el interés de Manet por el arte del Extremo Oriente —en especial las estampas japonesas— y por las culturas del sur de Europa y el norte de África, interés que, a su vez, vino precedido por el gusto por lo exótico tan arraigado en el movimiento romántico.

Pero entre todos los artistas de la época fue sin duda Paul Gauguin quien vino a ejemplificar de forma más cabal esta vuelta a lo primitivo cuando, refugiándose en las islas vírgenes de la Polinesia, se lanzó a la búsqueda del «paraíso perdido» tratando de realizar el mito del «buen salvaje» de Rousseau. Su ejemplo y la influencia de su pintura fueron determinantes para otros artistas coetáneos que, como Van Gogh, Derain, Vlaminck, Matisse o Picasso, compartieron el privilegio de protagonizar la revolución formal y el cambio de orientación del arte del nuevo siglo. El interés por el «arte infantil» fue una manifestación más de esta búsqueda de las fuentes originarias del arte que, como he señalado, impregnó la cultura occidental de finales de aquel siglo.

En su Child art de 1942 cuenta Wilhelm Viola cómo en 1885 un joven pintor austriaco llamado Franz Cizek, amigo del grupo de jóvenes pintores y arquitectos que formaban parte del grupo revolucionario Secession, se instalaba en Viena en la casa de una familia humilde que tenía varios hijos de corta edad. Cuando los niños vieron pintar a Cizek decidieron «jugar a pintar» con él. Los trabajos de los niños conmovieron tanto al joven artista que le animaron a formar un taller de dibujo infantil en su propio estudio. En 1897 consiguió permiso oficial para abrir su primera clase que acogió, durante casi cuarenta años, a miles de niños y fue visitada por artistas y educadores de todo el mundo.
El descubrimiento del «arte infantil» fue para Cizek, como para otros muchos artistas coetáneos, un acto intuitivo y se convirtió en un modelo a seguir en la propia práctica artística: «Me gustaría estudiar los dibujos infantiles. No hay duda alguna de que ahí está la verdad», escribía Derain a su amigo Vlaminck en 1902. W. Kandinsky y P. Klee también manifestaron su atracción por los dibujos de los niños. Este último escribía en 1912 «No olvidemos que el arte tiene sus orígenes en los museos etnográficos y en las habitaciones de los niños de nuestras propias casas».

Cuando Picasso visitaba en compañía de sir Herbert Read una exposición de dibujos infantiles organizada por el British Council de París, le comentó: «cuando tenía la edad de esos niños podía dibujar como Rafael. Sólo después de muchos años he podido dibujar como estos niños».

Fig. 1. Picasso dibujando con sus hijos Claude y Paloma.Fotografía Edward Quin.

El pontífice del surrealismo, André Breton, escribió en 1952: «Es verdad que algunos artistas modernos han hecho todo lo posible para reconciliarse con el mundo de la infancia: pienso especialmente en Klee y Miró». El interés de los artistas por el arte de los niños ha continuado hasta nuestros días, y su influencia se ha dejado sentir en algunos contemporáneos, como en el pintor francés J. Dubuffet, o como en los pintores integrantes del grupo Cobra (A. Jorn, K. Appel, Corneille y Alechinsky) o el pintor español Antonio Saura.

Pero el arte infantil y primitivo no sólo interesó a los artistas. En los ámbitos científicos del conocimiento, especialmente en aquellos directamente comprometidos en el estudio del
hombre, de sus orígenes y su educación, como la antropología, la prehistoria, la etnología, el dibujo de los niños fue considerado como una fuente en la que podían observarse los aspectos más oscuros del desarrollo humano, así como desvelarse algunos de los misterios de los orígenes del hombre.

Por otra parte, la atención prestada a la infancia como un estadio del desarrollo humano con identidad propia, situó al niño en el primer plano de la conciencia social de la época, que se preocupó de su evolución psicológica, de su educación y del estudio de todas las manifestaciones de su comportamiento. Así, los grandes psicólogos de finales de siglo, como Wundt, Stern o Binet, advirtieron del interés que el estudio del dibujo infantil revestía para el conocimiento de la personalidad y el desarrollo del niño.

De la investigación y el estudio realizados en el marco de todas estas disciplinas nacieron los primeros documentos escritos sobre el tema y su interés ha continuado hasta nuestros días.

Son conocidas las grandes compilaciones bibliográficas de Pierre Naville, quien en 1950 recogió, en el número especial de la revista Enfance dedicado al dibujo, un total de 404 referencias entre libros y artículos , compilación revisada y ampliada en 1960 por René Stora que añadió otras 600 nuevas referencias. En la actualidad sería poco menos que imposible reunir todo lo que se ha escrito sobre el tema.

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1. Viola, W. Child Art and Franz Cizek. Austrian Junior Red Cross. Viena 1937
2. Enfance, Nos 3 y 4, pags. 310-403. París 1950

Desprecio del garabato

La mayoría de los investigadores, precisamente por no representar gráficamente nada, consideran que el garabato no es un dibujo.

El famoso psicólogo inglés James Sully, uno de los primeros autores que habla de los garabatos, en su conocida obra Studies of Childhood (Estudios sobre la infancia) de 1895, realiza una de las primeras clasificaciones evolutivas del dibujo infantil y denomina a la primera etapa como del “garabato sin objeto”.

Para este autor, como para tantos otros, los garabatos carecen de sentido, y su práctica se considera como la etapa previa al dibujo representativo: el período que va del primer trazo hasta la primera imagen, es decir, una actividad infantil carente de planificación, de expresión y propósito definido, y que “de ninguna manera expresa la imaginación del niño”.

En 1918 el psicólogo alemán K. Bühler consideró el garabateo únicamente como un juego de movimiento cuyos trazados no mantienen relación alguna con los trazados que dejan en el papel. Por otro lado, la teoría que trata de justificar la actividad del garabateo como una simple descarga de los excedentes de energía del niño o del placer lúdico de la acción, propuestas por Spencer y desarrolladas luego por Karl Groos y Stanley Hall, suponen una concepción demasiado simple de la mente del niño pequeño. Incluso aquellas otras que, dando un paso más, consideran que se trata de una actividad encaminada a la conquista motriz, o al dominio de los movimientos del propio cuerpo, con ser enteramente ciertas son, aún, demasiado restrictivas.

El gran psicólogo ruso L.S Vigotsky (Fig. 1) padre de la llamada escuela de Moscú, en su libro Imaginación y arte en la infancia , inició su breve capítulo sobre “el dibujo en la edad infantil” con estas elocuentes palabras:

Si dejamos aparte el período de los palotes, garabatos y expresión amorfa de elementos aislados y empezamos directamente por la etapa en que el niño empieza a dibujar en el pleno sentido de la palabra, situamos al niño en el primer escalón, o escalón del esquema en que el niño representa en forma esquemática objetos muy lejos de su aspecto verdadero y real”. (Pág. 94).

En algunos casos el desdén por estas primeras manifestaciones gráficas infantiles ha llegado al rechazo y al desprecio como puede comprobarse en estas desafortunadas palabras de la gran pedagoga italiana M. Montessori (fig. 2):

Esos horribles pintorrejeos tan cuidadosamente coleccionados, observados y catalogados por los psicólogos modernos como documentos de la mente infantil no son sino monstruosas expresiones del desorden intelectual; sólo demuestran que el ojo de esos niños carece de educación, la mano es inerte, y la mente insensible por igual a lo hermoso y a lo feo, ciega ante lo verdadero así como ante lo falso (…) no revelan el alma sino los errores del alma…”

No voy a citar aquí a todos los autores que han despreciado el garabateo pues la nómina es casi interminable. Para concluir acabaré con el filósofo e historiador francés G. H. Luquet (fig. 3) autor del famoso libro Le dessin enfantin (los dibujos de los niños) de 1927, considerada como la obra más importante de todos los tiempos sobre el dibujo de los niños, en la que dice: “ el garabateo consiste en trazar rayas sin ninguna utilidad” y, como consecuencia de esta afirmación, no lo considera como una etapa del desarrollo gráfico de los niños.

Fig 1. L.S Vigotsky. Rusia 1896-1978

Fig. 2. M. Montessori. Italia . 1870-1952

Fig. 3G. H. Luquet. Francia. 1876-1965

A la vista de los comentarios de autores tan destacados, parecería casi justificado que muchos adultos e incluso algunos educadores de la infancia, no vean en los garabatos de los niños más que trazados caóticos desprovistos de interés y carentes de sentido.

Ahora bien, si el garabateo y los garabatos no tienen sentido ¿Porqué garabatean los niños?, ¿cómo se explica la pasión y la persistencia que muestran la mayoría de ellos? ¿Cuáles son, entonces, los motivos que les empujan a garabatear con tan pertinaz insistencia? ¿Qué significado encierran para el niño estos trazados en apariencia desprovistos de interés y carentes de significado para el adulto?

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1. Sully, James. Studies of Childhood. Longmans, Green and CO, London /N.York. 1895
2. Vigotsky, L. S. Imaginación y arte en la infancia. La Pléyade. Buenos Aires 1987
3. Montesosri, M. El avanzado método Montessori. Vol II, Londres 1918).
4. Luquet, G. H. El dibujo infantil. Editorial Médica y Técnica. Barcelona 1981

Los niños dibujan para dibujarse

Ya he señalado que el encuentro con el Yo constituye la razón primordial del dibujo del niño pequeño. Pero no menos fascinante que el proceso de nacimiento de ese primer Yo interior que consume la actividad gráfica de los tres primeros años, es el de su transformación en su Yo físico, metamorfosis que tiene lugar entre los 3 y 4 años, momento este en el que tiene lugar el alumbramiento del primer “hombrecito” con el que el niño se identifica y al que el psicólogo inglés James Sully bautizó en 1895 con el nombre de “renacuajo” con el que se le conoce desde entonces (fig. 1).

Creo firmemente que este desenlace feliz, este “parto”, constituye el principio y el fin de todo el dibujo del niño en los cuatro primeros años, así como la fuerza energética que motiva y justifica toda la pasión que derrocha el niño en tal trascendental empeño, proceso que viene determinado por un despliegue genético de naturaleza biológica que se repite de forma espontánea en todos los niños de estas edades, independientemente de su nivel social o del medio cultural al que pertenezcan. En este mismo sentido se expresa J. Boutonier cuando dice que el “hombrecito renacuajo” es universal, lo dibujan todos los niños pertenecientes a todas las culturas ya sean bengalíes, chinos, hindúes o bereberes (J. Boutonier, 1968, pág. 23).

Fig. 1 Claudia M.,3,06. Este simpático personaje es el famoso “renacuajo”, primera representación humana que, por lo general, se trata de la autorrepresentación del Yo psico-físico de la propia niña.

Este imperio biológico que, de forma determinante, se evidencia en la imaginaria que va apareciendo a lo largo de todo este recorrido evolutivo y que, en mi opinión, no ha sido suficientemente señalado por los estudiosos del dibujo infantil, reviste la fuerza y el misterio que le confiere su natural origen y en el que se manifiesta la fuerza creadora de la vida; experiencias infantiles que suelen pasar inadvertidas para el adulto a quien, por otra parte, le está vedada la participación directa en este íntimo y trascendental proceso.

La motivación profunda que empuja al niño pequeño a dibujar, es pues, la de constatar en los garabatos y primeras formas y configuraciones de su dibujo, la imagen interior de su Yo primero, y la de su esquema corporal, la representación de su Yo físico, después, experiencias y que hacen efectiva la afirmación de W. Wolff cuando dice: “El niño no tiene estímulo alguno para acumular conocimientos por su valor práctico, sino únicamente dentro el marco de la búsqueda de sí mismo” (W. Wolff, 1919, pág.182).

Y son todas estas trascendentales experiencias las que retroalimentan y provocan la automotivación del dibujo en los primeros años y las que van a permitir al niño, ¡nada menos¡, que participar activamente en su propio desarrollo (Machón, 2009, pgs. 129- 124), constituyendo, por ello, la razón fundamental que viene a responder a la pregunta que nos formulamos al principio de por qué dibujan los niños.

Por qué dibujan los niños pequeños

A pesar de que el niño llega al mundo desvalido y desnudo e incapaz de sobreponerse por sí mismo a las mínimas exigencias de su sobrevivencia, pronto comienza a manifestar una curiosidad y una necesidad imperiosa y urgente de saber y de conocer ese mundo: “el rasgo más particular del ser humano es que aprende (…) y la curiosidad es una de los motivos intrínsecos del aprendizaje” . Pero, ¿cómo adentrarse en ese universo desconocido, desordenado y caótico? ¿cual es la primera y más apremiante exigencia que ha de satisfacer el pequeño para enfrentarse a esa descomunal tarea? Sin duda la de encontrar su identidad; la de descubrir las fronteras que existen entre él y ese medio exterior que le rodea, ese gran todo de cuya inmensidad ha de emerger la conciencia de su Yo.

Como muy bien ha señalado Marthe Bernson:

“El garabato, en forma más visible y duradera que cualquier otra manifestación humana, nos acercan a los puntos neurológicos del nacimiento, a la adquisición de la conciencia y a la formación del Yo en el niño pequeño. Ese Yo que los biólogos, antropólogos, filósofos y psicólogos, y tantos otros hombres de ciencia han tratado de advertir, captar e interpretar”

Se ha dicho, con toda razón, que el juego es la mejor forma de conocimiento y aprendizaje infantil y, con demasiada ligereza, que el dibujo no es otra cosa que una forma más de juego. Pero si con el juego el niño persigue la conquista del medio exterior que le rodea y su adaptación a él, con el dibujo, contrariamente, se encamina hacia la conquista de su mundo interior, a la estructuración y afirmación de su identidad. En efecto, entre todas las actividades que realiza el niño pequeño tal vez sea la del dibujo, cuyos trazos emergen a borbotones de su interior y perduran sobre la hoja de papel, la actividad que le permiten exteriorizarse y “mostrarse a sí mismo” de forma visible y perdurable. Esto explica la pasión y la constancia que, desde sus inicios, el niño pequeño muestra por el garabateo.

El garabateo, que comienza al principio del segundo año al tiempo que el niño empieza a andar, constituye, uno de los ejercicios privilegiados y más saludables para el desarrollo del psiquismo infantil con el que el niño inicia el conocimiento y la afirma- ción de sí mismo. Inmerso en esa actividad, sus manos se convierten entonces en la prolongación de su cerebro, en auxiliares de su inteligencia, sobreviviendo para siempre en el subconsciente humano como los miembros ejecutantes del su Yo interior.

Mi experiencia me ha mostrado que los garabatos y todas las experiencias gráficas y pictóricas de los primeros años responden, primordialmente, a esa búsqueda trascendental de la propia identidad y el primer garabato –no me cabe la menor duda- es el primer esbozo o vestigio de ese Yo en proceso de formación. ¿Qué otro sentido podrían encerrar esos grafismos para el niño? ¿qué otra motivación podría empujarle a dedicarse a esa actividad con tanta insistencia y tan perseverante interés?

Fig. 1. Andrés B, a sus 2,10 años, concentrado en su garabateo

Pero además, los dibujos de los niños pequeños, constituyen un conjunto de actos voluntarios, expresivos y cognitivos a través de los cuales el niño exterioriza sus experiencias y emociones y, formando parte de su actividad mental y cognoscitiva, desarrolla su pensa- miento, al tiempo que, operando con sus trazados en el espacio de la hoja, ejercita y enriquece su capacidad creadora iniciando los procesos representativos. En manos del niño el lápiz, la barra de cera o el pincel, no son otra cosa que herramientas a su alcance con las que investigar acerca de sí mismo. Los niños prefieren las herramientas a los juguetes y el lápiz, ese instrumento secular de la cultura humana, se convierte de inmediato en una prolongación de su mano, en una extensión de su cerebro, en el órgano ejecutivo de su inteligencia, en un instrumento de progreso como lo fueron los primeros utensilios con los que los homínidos superiores, usuarios de herramientas, conquistaron su humanidad hace ahora más de 500.000 años.

Los garabatos son para él niño su imagen interior que se refleja en el “espejo” de la hoja blanca a la que acude con frecuencia a “mirarse” y ver cómo va evolucionando, creciendo y organizándose su mundo interior (fig. 1), como lo hacemos cada día los adultos cuando nos miramos al espejo para constatar en nuestro rostro el paso del tiempo.

Ninguna actividad debiera ser acogida con más solemne expectación que esta que puede considerarse como una de las primaras manifestaciones de ese hombre laborioso que hay en todo niño cuyos trazos, que surgen de sus movimientos, representan un inmenso esfuerzo para penetrar en el mundo y ocupar su lugar en él.

El dibujo y la pintura del niño pequeño poco tienen que ver con las imágenes perceptuales del mundo real tal como lo entiende el adulto, sino con el conocimiento de sí mismo y la búsqueda de su identidad. Por eso dibujan los niños; no existe otra razón más poderosa.

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1. Bruner.J. Hacia un teoría de la instrucción. Utea, Mexico 1969 ( pág. 150).
2. Bernson M. Del garabato al dibujo Kapeluszt. Buenos Aires1962, ( pág . 3)

Participación de la acción y la visión en el dibujo del niño.

Un aspecto importante a considerar al estudiar el dibujo del niño pequeño, es el grado de protagonismo de las dos funciones básicas que intervienen en el acto del dibujo:
1. La acción, que, como sabemos, constituye el componente esencial del garabateo.
2. La visión, facultad a la que la mayoría de los estudiosos conceden un absoluto protagonismo en todo el proceso del dibujo

Durante el período del garabateo domina la acción, permaneciendo la visión en un segundo plano y, aunque atenta a cuanto acontece en el dibujo, en actitud pasiva frente al protagonismo decisivo de la acción. Por tanto, podemos decir que el garabateo concluye en el momento en el que se opera el relevo del protagonismo de estas dos funciones lo que, de acuerdo con mis investigaciones, tiene lugar hacia los 3,03 años.
Tras el garabateo, con el inicio del período de la forma, la visión comienza a anticiparse a la acción, indicando a la mano el curso de los trazados. Es ese momento tan señalado en el que el ojo, dejando de seguir a la mano, empieza a guiarla. Desde entonces, la acción se doblega definitivamente a los intereses de la visión, y la forma y sus unidades formales y sus combinaciones dan lugar a los ideogramas, primeras imágenes representativo-simbólicas del dibujo del niño.
Pero, a pesar de este protagonismo de la visión, los trazados del garabato no desaparecen hasta bien entrado el 4º año.
En la fig. 1, una niña de 3,04 años, que se encuentra ya el período de la forma, realiza una forma cerrada que interpreta como «una manzana con gusano». La corporeidad y sustancialidad de la fruta es representada por medio de unos trazados rojizos que cubren toda su superficie. Otros trazados negros, muy agresivos, expresan el sentimiento de repulsa y rechazo de la niña hacia el bichito que se está comiendo la manzana.

Fig. 1 . Dévora, 3,05. “una manzana con gusano” .
La niña cubre con unos trazados de color rojizo la forma cerrada que representa la manzana al tiempo que, con unas incisivas tachaduras negras, representa al gusano, expresando, de este modo, su aversión o repulsa hacia él.

Vemos en este ejemplo cómo la niña utiliza los trazados procedentes del garabateo con propósitos muy distintos a los del período anterior, perdiendo ahora su condición de garabatos en el pleno sentido de la palabra.
Pero hay que señalar algo importante: que este inicial protagonismo de la visión se aplica sólo al dibujo, nunca al objeto o motivo del dibujo. El niño pequeño nunca mira al objeto a la hora de dibujarlo, incluso aunque lo tenga delante. No lo necesita ya que las imágenes de su dibujo nacen de su interior, de las imágenes mentales elaboradas por experiencias multisensoriales y afectivas anteriores.

Fig, 2. Marina , 4,02 “Una niña”.

Con el inicio de la representación ideográfica, (hacia los 3;09) la visión seguirá aplicándose exclusivamente al dibujo, manteniéndose ajena al objeto o motivo de la representación. Entonces, debido a su polivalencia semántica y expresiva, los trazados del garabateo seguirán apareciendo para representar a todos aquellos elementos naturales que presenten configuraciones formales inestables y polimorfas, como el humo, el agua, el viento, la arena, el pelo de un personaje (fg. 2), etc., o para representar conceptos genéricos formalmente tan abstractos como el suelo o el cielo, etc. o los sentimientos (la inseguridad, el rechazo o el desamor).
Con la llegada del esquematismo (hacia los 5
años) la visión comienza a participar más activamente al aplicarse, además de al dibujo, a analizar la configuración o estructura del objeto.
Pero sólo con la llegada del realismo (hacia los 9 ó 10 años), cuando el niño empieza a mirar al modelo, la visión comienza a asumir el protagonismo definitivo en el dibujo.

Cronología del gran período del garabateo

Entre los estudiosos del dibujo del niño ha existido siempre una cierta falta de consenso a la hora de definir el marco temporal en que tiene lugar el período del garabateo que, por lo común, suele extenderse hasta los cuatro años, momento en que el niño comienza a representar las cosas.
Esta discrepancia temporal se debe a dos causas fundamentales:
1. A la falta de una delimitación conceptual del mismo garabateo -¿qué entendemos por garabato?
2. Al criterio generalizado de que no existen otras modalidades de representación gráfica más que las de naturaleza figurativa, relegando a la categoría de “garabatos” a todas las manifestaciones gráficas anteriores a ellas.

En efecto, la mayoría de los investigadores que han estudiado el dibujo infantil a lo largo de los 130 últimos años, han considerado que el garabateo no es otra cosa que la etapa previa al dibujo, es decir, el período que va del primer trazo hasta la primera imagen representativa: “Por garabateo entiendo todo aquel dibujo libre cuyas líneas no tienen ningún propósito de ser representativo” señala la psicóloga americana H. Eng en 1931, (1) . Para esta autora, como para otros muchos estudiosos, el garabateo no es otra cosa que una etapa preliminar al dibujo, una actividad carente de planificación y expresión que realiza el niño sin un propósito definido.

¿Cuándo empieza y acaba el garabateo infantil? Aunque cada niño sigue su propio proceso madurativo y, en consecuencia, no debemos considerar las edades como algo fijo para todos los casos, los promedios estadísticos que he obtenido tras el análisis de miles de dibujos de niños, me autorizan a afirmar que el período del garabato se inicia hacia los 11 meses y concluye, como tal período, a los 3,03 (a los tres años y tres meses), momento en que el niño descubre el componente formal de sus trazados y las formas empiezan acaparar todo el interés del niño iniciándose entonces el Periodo de la forma, segundo del desarrollo gráfico infantil .

Fig 1 y 2. Rafael B de 1,01. El niño, concentra toda su atención sobre la hoja en la que realiza sus primeros garabatos.

El garabateo ocupa, pues, dos largos años de la vida del niño. En mi libro Los dibujos de los niños (2) puede verse un resumen de estos estudios así como las tablas y gráficos en los que me apoyo para realizar esta datación tan precisa, datación que considero definitiva, al menos, para las primeras décadas del presente siglo. Y digo esto porque el desarrollo gráfico de los niños continúa evolucionando al compás del medio que le rodea, produciéndose incrementos constantes como he podido constatar
en los últimos años respecto a los de hace 40 ó 50 años. (Machón, pág. 126).

Debo señalar, no obstante, un hecho importante: la existencia de notables diferencias entre el desarrollo gráfico de las niñas y los niños y que, por tanto, esta cronología temporal que señalo, que es promedio de ambos sexos, no puede aplicarse por igual a niños y niñas. En el estudio comparativo de los dibujos de los niños y las niñas que muestro en mi estudio se puede observar y determinar este adelanto evolutivo en las niñas (op.cit. pág.98).

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1). H. Heng. . The Psychology of children´s drawings. Harcourt, Brace and C ompany. New York, 1931
2). Machón A. Los dibujos de los niños. Génesis y naturaleza de la representación gráfica. Edit. Fíbulas. Madrid 2.1016

La simbolización en el dibujo y en el juego

Desde que inicié mis estudios del dibujo del niño vengo señalando que la «facultad representativa» presenta un significativo retraso en el dibujo respecto de su manifestación en el juego. En efecto, mientras el niño se encuentra en el dibujo en pleno período del garabateo (fig. 1), en el ámbito del juego, realiza ya actividades espacio-constructivas y simbólicas con los objetos (fig. 2), actividades estas en las que establece relaciones y realiza operaciones y combinaciones con ellos .

Figs 1 y 2. Pablo M. 2;02. Mientras sus dibujos no pasan de ser simples garabatos, en el juego es capaz de realizar combinaciones y acoplamientos con los objetos manifestando una conducta de naturaleza simbólica con ellos.

Dada su trascendencia en el desarrollo de la “función simbólica”, tan magistralmente estudiada por Piaget en 1946, sorprende que este retraso no haya sido señalado por este y otros grandes psicólogos de la infancia.

Ahora bien, ya que se trata de operaciones cognitivas semejantes, podemos preguntarnos ¿a qué se debe este notable distanciamiento, de casi un año, en los procesos representativos del dibujo?
Empezaré señalando que este desfase temporal del dibujo viene provocado por el retraso que observamos también en la aparición de las nociones de forma y espacio en el desarrollo gráfico respecto de sus nociones correlativas en la actividad del juego. Y, dado que en el juego el niño opera con objetos concretos (la escoba que hace las veces de caballo, el bolígrafo que se convierte en un avión al desplazarlo por el espacio, etc.), no podrán tener lugar estos procesos en el dibujo en tanto los trazados no se “objetualicen”, es decir, hasta que no adquieran su especificidad o su identidad formal, su categoría de “objetos gráficos”. lo que sólo es posible tras el descubrimiento de su componente formal y su conversión en “forma”.

En definitiva, el retraso del dibujo se debe a que, contrariamente a lo que acontece en el juego en el que el niño opera multisensorialmente sobre el espacio real y sobre los objetos que el medio le ofrece materialmente constituidos (los cubos de colores, tacos de madera, la escoba que hace las veces de caballo, etc.), en el dibujo ha de ser el propio niño quien ha de elaborar previa y personalmente esos espacios y esos «objetos gráficos» (las Unidades formales. Fig. 3) para luego poder actuar y operar con ellos.

Fig. 3. Alberto D. 3,08. Lámina llena de “redondas” que el niño interpreta como “muchas cosas que hay en una mesa.

La coordinación y regulación motoras precisas para llevar a término tales configuraciones gráficas constituyen las dificultades inmediatas a las que ha de enfrentarse el niño. Y sólo cuando las facultades motoras y visuales comiencen a establecer su ajuste y reciprocidad operativos, emergerá el contexto gráfico-espacial apto para que el niño pueda elaborar las “unidades gráficas” con las que iniciar los procesos grafico-simbólicos.

Es pues la propia disciplina del dibujo, cuyo lenguaje significador se configura a base de un alfabeto y una sintaxis propios que, necesariamente, han de ser elaborados de antemano por el niño, lo que condiciona ese retraso o ese desplazamiento temporal de casi un año que vengo señalando.

 

Desarrollo gráfico y educación artística en el preescolar

Uno de los grandes problemas que impiden una adecuada pedagogía del dibujo y de la creatividad plástica en los primeros años escolares, es la confusión de psicólogos y educadores respecto de los conceptos de desarrollo gráfico y de creación artística.

El desarrollo gráfico infantil constituye un proceso que tiene lugar a lo largo del gran estadio de la Expresión Espontánea que comprende los 7 u 8 primeros años de la vida del niño, en tanto que la creación artística comienza, precisamente, a partir de esas edades, cuando nace en el niño, o mejor, en el muchacho, la noción de “arte” lo que tiene lugar con la aparición de la conciencia crítica en esos años y se extiende hasta el final de la adolescencia.

Entonces podemos preguntamos ¿Qué sentido tiene hablar de Educación Artística infantil? (EAI). Son muchos los estudiosos del dibujo del niño que utilizan las expresiones “arte infantil” o “arte del niño” para referirse de forma indiscriminada, a las creaciones de los niños de todas las edades y niveles educativos. Los términos “arte” y “artístico”, vienen a ser un cajón de sastre en el que caber todo lo que hace referencia a la expresión plástica del escolar.

Esta consideración “artística” del dibujo infantil no tendría mayor importancia si no fuera porque ha reportado al niño más perjuicios que beneficios. La creencia, de Platón a nuestros días, de que las actividades artísticas son productos del la emoción y el sentimiento y que, al contrario de lo que ocurre con las actividades relacionadas con las ciencias y el pensamiento racional -que son producto del conocimiento- escapan al estudio y la verificación científica, han provocado una cierta “espantada” de los psicólogos y estudiosos de la infancia, desentendiéndose del desarrollo gráfico del niño, marginándolo del resto de sus manifestaciones comportamentales. Así se explica cómo los grandes psicólogos de la infancia -Vigotski, Piaget, Gessel o Bruner por ej.- que han dedicado sus vidas a estudiar el psiquismo infantil, han dejado de lado su desarrollo gráfico, permaneciendo prácticamente ignorado por el mundo de la psicología y los estudios de la infancia a lo largo de los cien últimos años.

Y así, la escuela, desconociendo el valor que la actividad gráfica per sé representa para el desarrollo de la personalidad infantil, ha relegado estas actividades, bien a la enseñanza de las otras disciplinas consideradas fundamentales o, siguiendo ese aurea “artística” antes señalado, a propósitos decorativos o de adorno la confección y presentación de las carpetas del alumno o de los cuadernos de clase, la elaboración de paneles y murales para decoración de los centros (figs. 1 y 2) o la realización de los –por lo general- abominables regalos para el día del padre o la madre.

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Figs. 1 y 2. Dos murales que decoran el hall de un centro de educación infantil que muestran el mal gusto de los educadores y el escaso espacio que dejan al niño para la autoexpresión y la creatividad .

A la vista de todas estas consideraciones convendría determinar, de una vez por todas, el uso de las terminologías de la creatividad, tanto en referencia a las creaciones de la infancia como a los currícula escolares: ¿Qué entendemos por desarrollo gráfico y qué por creación artística? ¿debemos denominar “arte infantil” a las creaciones de los niños pequeños? ¿cuándo debe de iniciar la escuela la educación artística como disciplina? Y, finalmente, ¿cómo deben desarrollarse estas competencias educativas en el ámbito escolar y como han de explicitarse en los programas escolares?

Si lo que verdaderamente importa es el bienestar y desarrollo del niño y de los procesos que se ponen en marcha con la actividad creadora, las consideraciones que lo relacionan con “lo artístico”, deberían de quedar, por el momento, al margen del lenguaje de los profesionales y fuera de sus objetivos curriculares en la etapa infantil y primeros años de primaria. No tiene, pues, sentido hablar de “educación artística” antes de la pubertad, en tanto no aparezca en el muchacho la “conciencia crítica” y la noción de arte y sus actividades creativas pierdan su carácter espontáneo.

Hablaremos, pues, de “desarrollo gráfico infantil” y/o de “expresión plástica infantil” para referirnos al dibujo del niño de 1 a 7 años y de “arte” y “educación artística” a partir de estas edades en referencia a los programas escolares y al inicio de la Educación Artística como disciplina.