Browse Category

Significado

Importancia del garabateo

El primer garabato es para el niño su primera seña de identidad y representa, además, el comienzo de la búsqueda del orden conciliador entre el grafismo (el Yo) y el espacio blanco de la hoja (el mundo, todo lo que está fuera de él). El grafismo, en principio desordenado y caótico, va poco a poco ordenándose en el espacio gráfico, determinando el orden entre lo interior y lo exterior señalando, al tiempo, los límites entre el Yo y el medio que le rodea. Basta ver al niño cuando garabatea y observar su concentración y la satisfacción que le produce el ejercicio de esta actividad, para comprender su importancia (fig. 1). Nada más elocuente que la obsesiva dedicación que la mayoría de los niños muestran en su garabateo para comprender que, lejos de tratarse de algo casual o accidental, es una actividad estimulada desde el interior por informulables intuiciones que, cargadas de intención, le dotan de un profundo sentido.

Estamos ante un serio ejercicio de experimentación y exploración gráfica, gestual y espacial que da lugar a una gran variedad de trazados que el niño

Fig1. Alejandra de 2,11, muestra en su rostro y en la actitud de todo su cuerpo, la satisfacción que le produce esta importante actividad del garabateo.

diferencia y realiza con una intención investigadora y un profundo sentido expresivo y, a través de la acción, también inicialmente representacional. Tan pronto descubre el niño que sus movimientos dejan una huella sobre el papel –lo que suele ocurrir hacia los 14 meses- el garabateo se convierte en una imperiosa actividad con la que el niño deja constancia de su presencia en el mundo y de su capacidad transformadora de ese mundo.

Cuando después de tantos años de observación y estudio, veo al niño pequeño enfrentarse a la hoja blanca y emprender su actividad gráfica con tan obsesiva dedicación, tengo la certeza de que se enfrenta cara a cara consigo mismo y con el mundo en
dramática o jubilosa soledad. Sumergido en el espacio blanco de la hoja y animado por una profunda intuición, el niño emprende un largo camino en busca de un orden formal y espacial, trasunto de ese otro orden interior que representa su propia identidad; proceso de organización de ese espacio significativo y simbólico que es la superficie del papel en el que, inicialmente, parecen confundirse lo interior y lo exterior y en el que, al tiempo que va apareciendo un cierto orden y va organizándose su mundo gráfico y visual, comienzan a perfilarse las fronteras de esos dos mundos que representan lo propio y lo ajeno y que determinan las fronteras entre su Yo y el mundo circundante.

Como afirma P. Naville, los garabatos son “el primer producto que afirma ante el pequeño ser humano una realidad propia desprendida de él, un doble” (Revista Enfance octubre, 1950). Se trata, nada menos, que de una exteriorización del sí mismo a través de cuya voluntaria realización nace para el niño la posibilidad de participar y cooperar activamente en su propio desarrollo; ¿puede caber experiencia más importante para él?

El grafismo, en tanto producto externo nacido de su interior, es sentido por el niño como un vestigio de sí mismo, como el primer sello de su identidad que, además de ser observado por él, puede pronto llegar a ser controlado y manejado a voluntad. Se trata pues, de un serio ejercicio de experimentación gestual y exploración grafico-espacial cuya materialidad y visible persistencia representa para el niño el elemento más personal y original sobre el que se va a cimentar su conciencia creadora.

El garabato constituye, en consecuencia, el primer escalón de esa búsqueda del Yo cuyo “milagro” tendrá lugar en el siguiente período (Período de la forma).

Cuarenta años de observación me han mostrado que, con el primer garabato, inicia el niño un largo proceso que va a ocupar al menos los tres primeros años de su vida en busca de su Yo así como de las estructuras y los medios visuales para la expresión, el pensamiento y la representación. ¿Puede caber mayor y más profunda experiencia?.

Pero, además, tanto, las acciones y movimientos del garabateo como los garabatos mismos, lejos de ser arbitrarios, forman parte, de su desarrollo motriz, cognitivo y afectivo, y del nacimiento y desarrollo de su personalidad. Y tanto las acciones como los trazos tienen siempre un carácter expresivo y, en ocasiones, provocan representaciones mentales; imágenes tanto de seres y objetos como de acciones o acontecimientos reales, constituyendo la más primitiva modalidad representativa que anticipan el inicio de la representación gráfica posterior.

Desprecio del garabato

La mayoría de los investigadores, precisamente por no representar gráficamente nada, consideran que el garabato no es un dibujo.

El famoso psicólogo inglés James Sully, uno de los primeros autores que habla de los garabatos, en su conocida obra Studies of Childhood (Estudios sobre la infancia) de 1895, realiza una de las primeras clasificaciones evolutivas del dibujo infantil y denomina a la primera etapa como del “garabato sin objeto”.

Para este autor, como para tantos otros, los garabatos carecen de sentido, y su práctica se considera como la etapa previa al dibujo representativo: el período que va del primer trazo hasta la primera imagen, es decir, una actividad infantil carente de planificación, de expresión y propósito definido, y que “de ninguna manera expresa la imaginación del niño”.

En 1918 el psicólogo alemán K. Bühler consideró el garabateo únicamente como un juego de movimiento cuyos trazados no mantienen relación alguna con los trazados que dejan en el papel. Por otro lado, la teoría que trata de justificar la actividad del garabateo como una simple descarga de los excedentes de energía del niño o del placer lúdico de la acción, propuestas por Spencer y desarrolladas luego por Karl Groos y Stanley Hall, suponen una concepción demasiado simple de la mente del niño pequeño. Incluso aquellas otras que, dando un paso más, consideran que se trata de una actividad encaminada a la conquista motriz, o al dominio de los movimientos del propio cuerpo, con ser enteramente ciertas son, aún, demasiado restrictivas.

El gran psicólogo ruso L.S Vigotsky (Fig. 1) padre de la llamada escuela de Moscú, en su libro Imaginación y arte en la infancia , inició su breve capítulo sobre “el dibujo en la edad infantil” con estas elocuentes palabras:

Si dejamos aparte el período de los palotes, garabatos y expresión amorfa de elementos aislados y empezamos directamente por la etapa en que el niño empieza a dibujar en el pleno sentido de la palabra, situamos al niño en el primer escalón, o escalón del esquema en que el niño representa en forma esquemática objetos muy lejos de su aspecto verdadero y real”. (Pág. 94).

En algunos casos el desdén por estas primeras manifestaciones gráficas infantiles ha llegado al rechazo y al desprecio como puede comprobarse en estas desafortunadas palabras de la gran pedagoga italiana M. Montessori (fig. 2):

Esos horribles pintorrejeos tan cuidadosamente coleccionados, observados y catalogados por los psicólogos modernos como documentos de la mente infantil no son sino monstruosas expresiones del desorden intelectual; sólo demuestran que el ojo de esos niños carece de educación, la mano es inerte, y la mente insensible por igual a lo hermoso y a lo feo, ciega ante lo verdadero así como ante lo falso (…) no revelan el alma sino los errores del alma…”

No voy a citar aquí a todos los autores que han despreciado el garabateo pues la nómina es casi interminable. Para concluir acabaré con el filósofo e historiador francés G. H. Luquet (fig. 3) autor del famoso libro Le dessin enfantin (los dibujos de los niños) de 1927, considerada como la obra más importante de todos los tiempos sobre el dibujo de los niños, en la que dice: “ el garabateo consiste en trazar rayas sin ninguna utilidad” y, como consecuencia de esta afirmación, no lo considera como una etapa del desarrollo gráfico de los niños.

Fig 1. L.S Vigotsky. Rusia 1896-1978

Fig. 2. M. Montessori. Italia . 1870-1952

Fig. 3G. H. Luquet. Francia. 1876-1965

A la vista de los comentarios de autores tan destacados, parecería casi justificado que muchos adultos e incluso algunos educadores de la infancia, no vean en los garabatos de los niños más que trazados caóticos desprovistos de interés y carentes de sentido.

Ahora bien, si el garabateo y los garabatos no tienen sentido ¿Porqué garabatean los niños?, ¿cómo se explica la pasión y la persistencia que muestran la mayoría de ellos? ¿Cuáles son, entonces, los motivos que les empujan a garabatear con tan pertinaz insistencia? ¿Qué significado encierran para el niño estos trazados en apariencia desprovistos de interés y carentes de significado para el adulto?

___________________________
1. Sully, James. Studies of Childhood. Longmans, Green and CO, London /N.York. 1895
2. Vigotsky, L. S. Imaginación y arte en la infancia. La Pléyade. Buenos Aires 1987
3. Montesosri, M. El avanzado método Montessori. Vol II, Londres 1918).
4. Luquet, G. H. El dibujo infantil. Editorial Médica y Técnica. Barcelona 1981

Sobre la creatividad

Con frecuencia algunas palabras acaban perdiendo su sentido cuando se ponen de moda y se abusa de ellas. Eso, que está ocurriendo hoy con términos tan transcendentes como “libertad” o “democracia”, está ocurriendo también con el de “creatividad”. La palabra “creatividad”, a fuerza de uso por los educadores y sus programas educativos, padece los mismos síntomas.
Aunque el término está en boca de cuantos hablan de renovar la educación y la escuela, pocos se atreven a definirlo o a determinar su concepto y naturaleza, así como la personalidad y el pensamiento creativo de las personas. Como ocurre con otras capacidades del cerebro, como son la inteligencia y la memoria, la creatividad, engloba varios procesos mentales entrelazados que aún no se han logrado descifrar.
Casi todos los estudiosos están de acuerdo en que se trata de una capacidad humana que, en menor o mayor medida, poseemos todas las personas y en señalar que la creatividad es una facultad que, con un programa educativo, puede desarrollarse.
En un sentido general, se entiende por creatividad cualquier actividad que lleve a la producción de algo nuevo y valioso, ya sea en el campo de la técnica, de la ciencia o del arte. Los conceptos más cercanos a ella son los de “originalidad”, “productividad”, “inventiva” y “descubrimiento”. Se considera que la personalidad creativa es imaginativa y soñadora, que posee cierto sentido aventurero no desprovisto de ambición, que confía en sí misma y asume el riesgo sin temer al error.
Son muy pocos los centros y los educadores que hacen de ella el objetivo de su programa pedagógico o de su forma de vida.

Figs. 1 y 2. Una ficha escolar para niños de 4 años, en las se les pide que piquen el interior de la forma del tomate, ejercicio que parece destinado a anular la imaginación y a acabar con la creatividad del niño.
Una desagradable página de un cuaderno escolar que, lejos de desarrollar la imaginación o fomentar la creatividad y el buen gusto, parece destinada a idiotizar al indefenso niño.

No obstante, no conozco centro escolar, por rancio y anticuado que sea, que no la incluya en su publicidad, incluso entre sus objetivos educativos. Las figs. 1 y 2 son dos fichas escolares, ejemplo de cómo la escuela puede acabar con la imaginación y la creatividad de los niños.
El norteamericano Alvin L. Simberg señala tres tipos de obstáculos que pueden llegar a bloquear la creatividad:

  • Bloqueos emocionales: En general el miedo a hacer el ridículo, o a equivocarnos, y está relacionado con una autocrítica personal negativa.
  • Bloqueos perceptivos: Al percibir el mundo que nos rodea, lo vemos con una óptica limitada y reducida, no pudiendo observar lo que las personas creativas ven con claridad.
  • Bloqueos culturales: Las normas sociales nos entrenan para ver y pensar de una manera determinada, lo que nos da una visión estrecha de la realidad.

Pero ¿que entendemos por creatividad en este trascendental periodo de la infancia? ¿Son los niños creativos? Personalmente pienso que la creatividad es una condición genética fundamental del niño, un estado permanente; es, si pudiéramos decirlo así, su “natural estado de conciencia”. Tras tantos años de observación, puedo decir que la creatividad forma parte del comportamiento espontáneo del niño desde que nace. Tal es su necesidad de investigar y conquistar el medio -empezando por él mismo- que no puede dejar de ser un investigador activo; digamos que vive en un permanente estado de creatividad.
Es, por tanto, muy fácil hacer una escuela infantil creativa, basta con un maestro igualmente vitalista y creativo. Para dirigir y/o fomentar la creatividad es necesario una persona inteligente, tolerante y creativa y, muy especialmente, cargada de sentido común y humanitario; abierta a la innovación y capaz de asumir el riesgo del error sabiendo que este es uno de los caminos del propio aprendizaje.
Al contrario que la escuela tradicional, que se basaba en la memorización de las respuestas que dictaba la autoridad (el maestro), la educación en la creatividad es la que, en vez de administrar soluciones, plantea preguntas cuyas respuestas han de ser descubiertas por el escolar con el “respaldo”, el apoyo y la presencia reconfortante y protectora del maestro.

Participación de la acción y la visión en el dibujo del niño.

Un aspecto importante a considerar al estudiar el dibujo del niño pequeño, es el grado de protagonismo de las dos funciones básicas que intervienen en el acto del dibujo:
1. La acción, que, como sabemos, constituye el componente esencial del garabateo.
2. La visión, facultad a la que la mayoría de los estudiosos conceden un absoluto protagonismo en todo el proceso del dibujo

Durante el período del garabateo domina la acción, permaneciendo la visión en un segundo plano y, aunque atenta a cuanto acontece en el dibujo, en actitud pasiva frente al protagonismo decisivo de la acción. Por tanto, podemos decir que el garabateo concluye en el momento en el que se opera el relevo del protagonismo de estas dos funciones lo que, de acuerdo con mis investigaciones, tiene lugar hacia los 3,03 años.
Tras el garabateo, con el inicio del período de la forma, la visión comienza a anticiparse a la acción, indicando a la mano el curso de los trazados. Es ese momento tan señalado en el que el ojo, dejando de seguir a la mano, empieza a guiarla. Desde entonces, la acción se doblega definitivamente a los intereses de la visión, y la forma y sus unidades formales y sus combinaciones dan lugar a los ideogramas, primeras imágenes representativo-simbólicas del dibujo del niño.
Pero, a pesar de este protagonismo de la visión, los trazados del garabato no desaparecen hasta bien entrado el 4º año.
En la fig. 1, una niña de 3,04 años, que se encuentra ya el período de la forma, realiza una forma cerrada que interpreta como «una manzana con gusano». La corporeidad y sustancialidad de la fruta es representada por medio de unos trazados rojizos que cubren toda su superficie. Otros trazados negros, muy agresivos, expresan el sentimiento de repulsa y rechazo de la niña hacia el bichito que se está comiendo la manzana.

Fig. 1 . Dévora, 3,05. “una manzana con gusano” .
La niña cubre con unos trazados de color rojizo la forma cerrada que representa la manzana al tiempo que, con unas incisivas tachaduras negras, representa al gusano, expresando, de este modo, su aversión o repulsa hacia él.

Vemos en este ejemplo cómo la niña utiliza los trazados procedentes del garabateo con propósitos muy distintos a los del período anterior, perdiendo ahora su condición de garabatos en el pleno sentido de la palabra.
Pero hay que señalar algo importante: que este inicial protagonismo de la visión se aplica sólo al dibujo, nunca al objeto o motivo del dibujo. El niño pequeño nunca mira al objeto a la hora de dibujarlo, incluso aunque lo tenga delante. No lo necesita ya que las imágenes de su dibujo nacen de su interior, de las imágenes mentales elaboradas por experiencias multisensoriales y afectivas anteriores.

Fig, 2. Marina , 4,02 “Una niña”.

Con el inicio de la representación ideográfica, (hacia los 3;09) la visión seguirá aplicándose exclusivamente al dibujo, manteniéndose ajena al objeto o motivo de la representación. Entonces, debido a su polivalencia semántica y expresiva, los trazados del garabateo seguirán apareciendo para representar a todos aquellos elementos naturales que presenten configuraciones formales inestables y polimorfas, como el humo, el agua, el viento, la arena, el pelo de un personaje (fg. 2), etc., o para representar conceptos genéricos formalmente tan abstractos como el suelo o el cielo, etc. o los sentimientos (la inseguridad, el rechazo o el desamor).
Con la llegada del esquematismo (hacia los 5
años) la visión comienza a participar más activamente al aplicarse, además de al dibujo, a analizar la configuración o estructura del objeto.
Pero sólo con la llegada del realismo (hacia los 9 ó 10 años), cuando el niño empieza a mirar al modelo, la visión comienza a asumir el protagonismo definitivo en el dibujo.

Los orígenes del garabateo: las primeras experiencias

Si buscamos los orígenes del garabateo, debemos remontarnos a los primeros gestos y movimientos que realiza el niño en el espacio cuando, recostado sobre su cuna, agita sus brazos o mueve sus manos y observa cómo se desplazan y cambian de posición y cómo estos cambios responden a sus propias acciones (relación efecto causa). O cuando, en brazos de su cuidadora o sentado en su sillita, realiza con sus brazos gestos expresivos de vaivén o rápidos desplazamientos ascendentes o descendentes. Es a través de estos primeros gestos en el espacio cómo el niño comienza a conocer su cuerpo y sus límites frente al mundo que le rodea y a iniciar el largo camino hacia el encuentro con su Yo.

Este programa de gestos y movimientos que el niño desarrolla desde su nacimiento, vienen determinados, tanto por el propio desarrollo biológico (movimientos de naturaleza propioceptiva o de la especie), como por la exploración activa de ese espacio y, en ocasiones, por la emulación mental de algún acontecimiento con el que, desde esas tiernas edades, inicia el niño el pensamiento pre-representacional. Las relaciones interpersonales, con la mamá y las personas que rodean al niño, la interacción con los objetos (el sonajero que cuelga de su cuna, el muñeco o el osito que se le ofrece), todas estas acciones, lejos de ser azarosas o casuales, poseen ya una estructura y responden a un programa de desarrollo genético y cognitivo que tiene su propio sistema interno.

Los movimientos y acciones del garabateo vienen a ser una continuación de esos movimientos iniciales, una trasposición al plano gráfico de estos primeros gestos y acciones que realiza el niño en el espacio tridimensional.

De acuerdo con estas observaciones, podríamos empezar, de forma un tanto artificial y teórica, refiriéndonos a una primera modalidad de “garabateo sin garabato” en relación a todos estos primeros gestos braquiales del niño pues, aunque no dejan una impronta, se trata de gestos o acciones cargadas ya de expresividad y de sentido que, aunque susceptibles de ser registradas, no son realizadas con la intención de producir una marca visible capaz de transformar el medio en el que se realizan.

Pero las primeras experiencias propiamente gráficas o plásticas lo constituyen todo el conjunto de acciones que el niño realiza con sus manos o sus dedos al embadurnarse y tratar de expandir los líquidos y alimentos viscosos, (la papilla, el puré, o la leche etc.) que, con frecuencia, se derraman sobre la bandeja, la mesa, el suelo o su propio babero. Además de la satisfacción de producir algún efecto sobre el medio exterior, (extender o ampliar la mancha o realizar sus primeros trazos), el niño siente un regusto de naturaleza erógena al impregnarse con todas estas sustancias, al “ensuciar” sus manos y ves
tidos, comportamiento típico de esa fase del desarrollo de la personalidad que Freud llamó “etapa anal” y que tendrá su continuidad en los garabatos de mancha y
“borroneo” que veremos enseguida.

___________________________
Antonio Machón
(Del libro Por qué dibujan os niños, pág 110. Editorial Fíbulas. Madrid, 2.015)

Qué es un garabato

Antes iniciar el estudio del garabateo del niño debemos establecer una definición de lo que entendemos por garabato.
Empezaremos por la distinción entre las nociones de garabateo y garabato en tanto hacemos referencia a los movimientos y acciones del acto de dibujar o al trazo que estas acciones dejan sobre el papel.

Además de los materiales, en el proceso del garabateo intervienen, pues, dos factores fundamentales:

• La acción: conjunto de movimientos que realiza el niño en el acto de garabatear al que damos el nombre de garabateo (Fig. 1)
• La huella: el trazo producido por esos movimientos sobre el soporte al que llamamos garabato (fig. 2)

Entendemos, pues, por garabateo el conjunto de acciones y movimientos que realiza el niño cuando agita, mueve o golpea el lápiz, la cera, el pincel o los propios dedos impregnados de color, sobre cualquier soporte, con la intención de producir una huella o un trazo sobre él. El garabato es esa huella, trazo, mancha o cualquier otra señal producida sobre el soporte por el ejercicio del garabateo.

Figs. 1 y 2. Una niña garabateando. Garabato de un niño de 2;04

Pero, mientras el garabateo, por tratarse de una acción, acaba con el propio acto, el garabato perdura sobre el papel como testimonio de ese acto, de ese momento y de sus movimientos y acciones. Y si bien es cierto que la actividad motriz propia del garabateo, en tanto ejercicio muscular (acción “en vacío”), puede constituir al tiempo, su propio objeto y su efecto, el garabato propiamente dicho es, a la postre, el factor fundamental y determinante de la expresión gráfica.

Por tanto, el niño no sólo garabatea por el placer motor derivado de la acción, sino fundamentalmente, para ver el resultado de esa acción materializada en la superficie blanca de la hoja . El psicólogo francés Henry Wallon señaló en la revista Enfance de octubre de 1950: “no puede haber origen del dibujo más que cuando la huella o el trazado se vuelven motivo del gesto (…) Tiene que haber -continúa diciendo este autor- un choque en compensación del efecto sobre la causa” y concluye “el efecto debe hacerse causa a su vez” La huella (el trazo) juega un papel determinante en tanto producto exterior, visible y duradero.

Garabateo y garabato son, pues, conceptos y elementos indisociables y representan los dos componentes más primarios de la actividad gráfica.

Figs. 2 y 3. El chimpancé Congo garabateando y uno de sus garabatos (En Morris, págs.. 102 y 144).

En su libro LA BIOLOGÍA DEL ARTE , D. Morris señala que los grandes simios manifiestan un interés por garabatear semejante al de los niños pequeños (figs. 2 y 3) y sus garabatos son tan parecidos que pueden llegar a confundirse. Sin embargo, hemos de señalar, que pronto se hacen patentes, entre el garabateo del niño y del simio, diferencias cualitativas que pueden apreciarse no tanto en las formas y las estructuras gráficas que, como acabamos de ver, son muy similares, cuanto en las actitudes, los intereses y en las motivaciones de los que nacen los garabatos de ambos.

___________________________
1). Wallon, H. Revue Enfance. París, mayo-octubre 1950.
2). Morris, D. La biología del arte. Editorial Fíbulas. Madrid 2017

La simbolización en el dibujo y en el juego

Desde que inicié mis estudios del dibujo del niño vengo señalando que la «facultad representativa» presenta un significativo retraso en el dibujo respecto de su manifestación en el juego. En efecto, mientras el niño se encuentra en el dibujo en pleno período del garabateo (fig. 1), en el ámbito del juego, realiza ya actividades espacio-constructivas y simbólicas con los objetos (fig. 2), actividades estas en las que establece relaciones y realiza operaciones y combinaciones con ellos .

Figs 1 y 2. Pablo M. 2;02. Mientras sus dibujos no pasan de ser simples garabatos, en el juego es capaz de realizar combinaciones y acoplamientos con los objetos manifestando una conducta de naturaleza simbólica con ellos.

Dada su trascendencia en el desarrollo de la “función simbólica”, tan magistralmente estudiada por Piaget en 1946, sorprende que este retraso no haya sido señalado por este y otros grandes psicólogos de la infancia.

Ahora bien, ya que se trata de operaciones cognitivas semejantes, podemos preguntarnos ¿a qué se debe este notable distanciamiento, de casi un año, en los procesos representativos del dibujo?
Empezaré señalando que este desfase temporal del dibujo viene provocado por el retraso que observamos también en la aparición de las nociones de forma y espacio en el desarrollo gráfico respecto de sus nociones correlativas en la actividad del juego. Y, dado que en el juego el niño opera con objetos concretos (la escoba que hace las veces de caballo, el bolígrafo que se convierte en un avión al desplazarlo por el espacio, etc.), no podrán tener lugar estos procesos en el dibujo en tanto los trazados no se “objetualicen”, es decir, hasta que no adquieran su especificidad o su identidad formal, su categoría de “objetos gráficos”. lo que sólo es posible tras el descubrimiento de su componente formal y su conversión en “forma”.

En definitiva, el retraso del dibujo se debe a que, contrariamente a lo que acontece en el juego en el que el niño opera multisensorialmente sobre el espacio real y sobre los objetos que el medio le ofrece materialmente constituidos (los cubos de colores, tacos de madera, la escoba que hace las veces de caballo, etc.), en el dibujo ha de ser el propio niño quien ha de elaborar previa y personalmente esos espacios y esos «objetos gráficos» (las Unidades formales. Fig. 3) para luego poder actuar y operar con ellos.

Fig. 3. Alberto D. 3,08. Lámina llena de “redondas” que el niño interpreta como “muchas cosas que hay en una mesa.

La coordinación y regulación motoras precisas para llevar a término tales configuraciones gráficas constituyen las dificultades inmediatas a las que ha de enfrentarse el niño. Y sólo cuando las facultades motoras y visuales comiencen a establecer su ajuste y reciprocidad operativos, emergerá el contexto gráfico-espacial apto para que el niño pueda elaborar las “unidades gráficas” con las que iniciar los procesos grafico-simbólicos.

Es pues la propia disciplina del dibujo, cuyo lenguaje significador se configura a base de un alfabeto y una sintaxis propios que, necesariamente, han de ser elaborados de antemano por el niño, lo que condiciona ese retraso o ese desplazamiento temporal de casi un año que vengo señalando.